Youtube

UNA FE PROBADA POR EL FUEGO

🔥 UNA FE PROBADA POR EL FUEGO

«Por lo tanto, vivan como hijos obedientes de Dios. No vuelvan atrás, a su vieja manera de vivir, con el fin de satisfacer sus propios deseos. Antes lo hacían por ignorancia, pero ahora sean santos en todo lo que hagan, tal como Dios, quien los eligió, es santo» (1 Pedro 1:14-15 NTV).

Charles Spurgeon, el célebre predicador inglés del siglo XIX y autor de innumerables frases memorables, escribió en una ocasión: «Evite un evangelio de azúcar. Busque el Evangelio que rasga, que le hace brotar lágrimas, que hiere y corta su conciencia, el Evangelio que mata su “yo”. Porque ese es el Evangelio que nos da vida de nuevo».

Spurgeon no se refería a un mensaje cruel o desprovisto de gracia, sino al Evangelio verdadero, aquel que confronta el pecado, desnuda el corazón humano y nos lleva al arrepentimiento genuino. Es precisamente ese Evangelio —profundo, exigente y vivificador— el que recibieron los destinatarios de la primera carta del apóstol Pedro: creyentes expatriados, marginados y perseguidos, dispersos en diversas provincias de la península de Anatolia, lo que hoy conocemos como Turquía.

Dios los había salvado por medio de la fe en Jesucristo y les había concedido una esperanza viva. Les prometió una herencia invaluable, incorruptible, pura e inmaculada, que no se marchita ni se deteriora con el paso del tiempo, y que está cuidadosamente reservada en los cielos para ellos. Aunque estaban atravesando duras pruebas y sufrimientos, Pedro les recuerda que esas aflicciones eran temporales y tenían un propósito eterno: demostrar que su fe era auténtica, del mismo modo que el fuego prueba y purifica el oro. Una fe que permanece firme en medio de la adversidad resulta en alabanza, gloria y honra cuando Jesucristo sea revelado al mundo entero.

Dios nunca prometió a sus hijos una vida cristiana cómoda, fácil o exenta de dificultades. Por el contrario, Jesucristo fue claro al afirmar que en el mundo tendríamos aflicciones; sin embargo, también nos animó con una promesa gloriosa: Él ha vencido al mundo. No todo sufrimiento tiene valor espiritual: padecer por causa del pecado —como mentir, robar o cometer injusticias— no produce honra alguna. Pero sufrir por confesar a Cristo, por vivir conforme a su doctrina y por defender la verdad del Evangelio, es un privilegio que Dios honra. A tal punto, que incluso dar la vida por esa causa es ganancia eterna.

Esto nos lleva a una pregunta profunda y confrontadora: Si hoy fueras llevado a juicio por ser cristiano, ¿habría pruebas suficientes para condenarte? ¿Refleja tu vida una fe visible, coherente y santa delante de los hombres? ¿Tus palabras, decisiones y actitudes evidencian que perteneces a Cristo?

No olvidemos que lo que hoy experimentamos como una prueba dolorosa, mañana puede convertirse en un testimonio poderoso. Dios utiliza el sufrimiento fiel para fortalecer nuestra fe y para edificar la vida de otros creyentes. Las cicatrices que deja la fidelidad al Evangelio no son motivo de vergüenza, sino marcas de honor que proclaman que Cristo vive en nosotros.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios

Con la tecnología de Blogger.