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UNA ESPERANZA ANCLADA EN LA SANGRE DE CRISTO

🕊️ UNA ESPERANZA ANCLADA EN LA SANGRE DE CRISTO

«Mantengámonos firmes sin titubear en la esperanza que afirmamos, porque se puede confiar en que Dios cumplirá su promesa» (Hebreos 10:23 NTV).

La salvación pertenece enteramente a Dios. Desde la eternidad, Él diseñó un plan perfecto, santo y amoroso para rescatar al ser humano caído, y ese plan se ha cumplido de manera plena y definitiva en Jesucristo. La Escritura declara que «la vida de la carne está en la sangre» y que «sin derramamiento de sangre no hay perdón»; por ello, la sangre de Cristo no fue un accidente histórico, sino el centro mismo del propósito redentor de Dios. En la cruz del Calvario, Jesús derramó su sangre preciosa como sacrificio perfecto, suficiente y eterno para la remisión de nuestros pecados.

Gracias a esa obra consumada, hoy podemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia y entrar al Lugar Santísimo, no por méritos propios, sino por la justicia de Cristo imputada a nosotros. El velo fue rasgado, el acceso fue abierto y se inauguró un camino nuevo y vivo que nos conduce directamente al Padre. Ya no estamos separados, ni condenados, ni excluidos; ahora contamos con un gran Sumo Sacerdote que vive para interceder por nosotros y que gobierna fielmente la casa de Dios. Esta gloriosa verdad constituye el fundamento de nuestra esperanza: una esperanza viva, segura e inamovible.

El historiador griego Plutarco afirmó: «La esperanza es el océano para el río, el sol para los árboles y el cielo para nosotros». De manera semejante, podemos declarar que la esperanza del cristiano no es frágil ni ilusoria, sino firme y estable, porque ha sido edificada por Cristo sobre cimientos eternos. No depende de circunstancias cambiantes ni de sentimientos humanos, sino de la fidelidad de Dios y de la obra consumada de su Hijo.

Aristóteles escribió: «La esperanza es un sueño despierto»; y en ese sentido, el creyente avanza con los ojos abiertos, consciente de la realidad presente, pero plenamente convencido de las promesas futuras. Cristo es su guía, su ancla y su destino final.

Aun cuando el camino se torne oscuro y las pruebas se intensifiquen, el cristiano no se rinde ni se desalienta. Su esperanza no se apaga con la adversidad, porque, como sabiamente expresó Charles Spurgeon: «La esperanza, en sí misma, es como una estrella: no se ve a la luz del sol, pero brilla en la oscuridad». En medio del dolor, la incertidumbre y la aflicción, la esperanza en Cristo resplandece con mayor fuerza, recordándonos que nuestro final no es la muerte, sino la vida eterna con Dios.

Y ahora, la pregunta es inevitable y profundamente personal: ¿estás seguro de que irás al cielo? ¿En qué —o en quién— está fundamentada tu esperanza de salvación y de vida eterna? Jesús declaró con absoluta claridad: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12, NTV). Por lo tanto, cree en Jesús hoy, confía plenamente en Él, entrégale tu vida sin reservas, y jamás volverás a caminar en la oscuridad, porque la luz verdadera que conduce a la vida eterna brillará para siempre en tu corazón.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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