LA VISIÓN GLORIOSA DE JESUCRISTO
LA VISIÓN GLORIOSA DE JESUCRISTO
«Al verlo, caí a sus pies como muerto. Pero él, poniendo su mano derecha sobre mí, me dijo: "No tengas miedo; yo soy el primero y el último, y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre. Yo tengo las llaves del reino de la muerte. Escribe lo que has visto: lo que ahora hay y lo que va a haber después"» (Apocalipsis 1:17-19 DHH).
Juan, el apóstol a quien Jesús amaba, fue probablemente el más joven del grupo de los Doce, el que vivió más años y el único que murió de muerte natural. Su vida atravesó décadas decisivas para la iglesia primitiva, desde los días luminosos del ministerio terrenal de Cristo hasta los tiempos oscuros de la persecución romana.
Por causa de su fidelidad al evangelio, fue desterrado a Patmos, una pequeña y árida isla del mar Egeo, no como castigo por un crimen, sino como consecuencia de predicar la Palabra de Dios y dar testimonio de Jesucristo. Allí, en el aislamiento y la aflicción, Dios le concedió uno de los mayores privilegios espirituales registrados en las Escrituras: recibir la revelación de Jesucristo y escribir el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento.
En Patmos, Jesús se reveló a Juan en toda su gloria, majestad y autoridad, de una manera semejante —aunque aún más impresionante— a la experiencia vivida años atrás en el monte de la transfiguración. Aquel que Juan había recostado sobre su pecho en la última cena ahora se manifestaba como el Señor resucitado, con ojos como llama de fuego y voz como estruendo de muchas aguas. Para el anciano apóstol, esta visión fue una culminación extraordinaria de su carrera apostólica, una confirmación definitiva de que valió la pena invertir su juventud, sus talentos y su vida entera en conocer, amar y proclamar a Cristo, aun cuando ello implicara sufrimiento y rechazo.
El Jesús glorioso que se le apareció en Patmos era el mismo Jesús de Nazaret que Juan había conocido en las orillas del mar de Galilea, cuando trabajaba como pescador junto a su hermano Jacobo. El Maestro que un día dijo: “Sígueme”, ahora reafirmaba que está vivo, reina con poder y regresará pronto por su amada iglesia. La historia no camina al azar: tiene un propósito y un desenlace glorioso bajo la soberanía de Dios.
En el Apocalipsis, Juan escribió acerca de la persona y la obra de Cristo, evaluó la condición espiritual de las siete iglesias del Asia Menor y describió los acontecimientos que precederán a la segunda venida del Señor. Aunque algunos han intentado reducir su mensaje a hechos del primer siglo, el libro no se agotó en aquel tiempo, a pesar de las terribles persecuciones del Imperio romano.
El Apocalipsis sigue siendo un libro plenamente vigente, profético y desafiante, cuyas visiones —especialmente las comprendidas entre los capítulos 6 y 19— señalan eventos futuros que podrían comenzar a desarrollarse en cualquier momento, si Cristo arrebatara hoy a su Iglesia. Este libro no fue escrito para infundir temor paralizante, sino para fortalecer la fe, avivar la esperanza y llamar a la fidelidad. Revela que, más allá del caos aparente del mundo, Dios sigue sentado en su trono, y que el Cordero que fue inmolado es digno de recibir la gloria, la honra y el poder.
Y tú, ¿a quién amas y a quién sirves? ¿Esperas con gozo y expectación la segunda venida de Cristo? ¿El Apocalipsis despierta en ti reverente esperanza o temor infundado? ¿Crees de verdad que lo que Juan escribió hace casi dos mil años no guarda relación con lo que hoy ocurre ante nuestros ojos? La oferta de salvación sigue abierta un día más: cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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