DEL FUEGO A LA GLORIA: LOS VENCEDORES DE LA BESTIA Y EL CÁNTICO ETERNO DEL CORDERO
«Grandes y maravillosas son tus obras, oh Señor Dios, el Todopoderoso. Justos y verdaderos son tus caminos, oh Rey de las naciones. ¿Quién no te temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Pues solo tú eres santo. Todas las naciones vendrán y adorarán delante de ti, porque tus obras de justicia han sido reveladas» (Apocalipsis 15:3-4 NTV).
En el marco solemne y estremecedor de la gran tribulación, justo antes de que los siete ángeles designados por Dios derramen las últimas siete copas que completarán la plenitud de su justa ira, el apóstol Juan contempla una de las escenas más sublimes del Apocalipsis. Ante sus ojos aparece una multitud incontable de redimidos, de pie sobre un mar de cristal mezclado con fuego, símbolo de pureza, victoria y juicio consumado. Estos son los que vencieron a la Bestia: hombres y mujeres que no se inclinaron ante su poder, que rehusaron adorar su imagen y que se negaron a recibir la marca del 666 —el número de su nombre— en la mano derecha o en la frente, aun cuando ello les costó la vida.
A todos ellos, Dios mismo les entrega un arpa, instrumento de alabanza y celebración celestial, para entonar un cántico de victoria incomparable: el cántico de Moisés y del Cordero. No se trata de una canción cualquiera, sino de un himno eterno que une la antigua redención de Israel con la obra perfecta de Cristo. Es el eco glorioso del triunfo definitivo de Dios sobre el mal, el pecado y la muerte.
Este cántico exalta la grandeza, la santidad y la perfecta justicia de Dios. Así como el Señor libró a su pueblo de la esclavitud de Faraón en Egipto mediante señales portentosas y el juicio de las plagas, de la misma manera librará a sus escogidos de la tiranía despiadada de la Bestia durante la tribulación. El Dios que abrió el mar Rojo es el mismo que sostendrá a sus fieles en medio del fuego del juicio final. Él es fiel a sus promesas y jamás abandona a quienes confían plenamente en Él.
Aunque el Anticristo actuará como instrumento directo de Satanás, respaldado por todas las fuerzas del infierno, su poder será limitado y temporal. Nuestro Dios es omnipotente, soberano y eterno, y lo vencerá de manera absoluta. Los juicios que se ejecutarán durante la tribulación no serán arrebatos caprichosos, sino manifestaciones claras de la justicia perfecta de Dios. Los grandes, los poderosos y los soberbios de la tierra serán juzgados sin favoritismos y recibirán su justa retribución por su ingratitud, su maldad y las injusticias cometidas contra Dios y contra el prójimo.
Ante esta revelación, surge una pregunta ineludible y profundamente personal: ¿dónde estarás tú en esos días? ¿Marcado con el 666, sirviendo y adorando a la Bestia por miedo o conveniencia, o con un arpa en las manos, adorando a Dios junto a los vencedores con el cántico de Moisés y del Cordero? ¿Eres consciente del precio que habrá que pagar por creer y confesar a Cristo en medio de la tribulación? ¿De verdad piensas que la Bestia será menos cruel que tiranos como Stalin, Mao Zedong o Pol Pot, responsables de millones de muertes? Si hoy, en medio de libertad, comodidad y tolerancia, te da pereza, indiferencia o vergüenza vivir tu fe, ¿cómo crees que responderás cuando la Bestia persiga sin piedad a quienes se nieguen a postrarse ante su estatua y adorar su nombre?
¿De verdad quieres esperar a verte envuelto en ese escenario de terror y persecución para creer en Jesús? ¿Crees que será más fácil entonces, cuando creer implique perderlo todo? Si yo estuviera en tu lugar, no lo dudaría: aceptaría hoy mismo el señorío de Cristo, me rendiría a Él sin reservas y me prepararía para partir con Él en el arrebatamiento de la Iglesia, en vez de enfrentar los terribles y devastadores golpes de la tribulación universal. Hoy todavía resuena la voz de la gracia. Mañana, quizás, solo quede el eco del juicio.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios
Publicar un comentario