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🗣️ SENAQUERIB VERSUS DIOS

«¿A quién has estado desafiando y ridiculizando? ¿Contra quién levantaste la voz? ¿A quién miraste con ojos tan arrogantes? ¡Fue al Santo de Israel!» (Is 37:27 NTV).

En el año catorce del reinado del rey Ezequías (701 a.C.), el poderoso imperio asirio, bajo el mando de su monarca Senaquerib, lanzó una campaña militar contra el reino de Judá. El objetivo era claro: someter al pequeño estado hebreo, asediar su capital Jerusalén y consolidar el dominio asirio en la región. Senaquerib había conquistado ya las ciudades fortificadas de Judá —46, según los registros asirios— y ahora fijaba su mirada en la joya del reino: Jerusalén.

Lleno de soberbia y embriagado por sus victorias, envió a su jefe de Estado Mayor, el Rabsaces, acompañado de un imponente ejército, para intimidar al pueblo y al rey Ezequías. El mensaje era desafiante y blasfemo: «No se engañen creyendo que su Dios los librará. Ninguno de los dioses de las naciones ha podido rescatar a su pueblo de mi mano. Ríndanse». Con estas palabras, Senaquerib no solo insultó al rey, sino que arremetió contra el mismo Yahweh, el Dios de Israel, colocándose en la infame lista de los más insolentes blasfemos de la historia.

¡Qué atrevimiento tan temerario! El orgullo lo cegó. Como bien lo dijo Charles Spurgeon, el insigne predicador bautista del siglo XIX: «Que Dios refrene la tormenta del mar es admirable, pero más asombroso aún es el poder que Él ejerce sobre sí mismo al soportar pacientemente las provocaciones de los impíos: su dureza de corazón, su rechazo de Cristo, sus blasfemias continuas y sus actos vergonzosos».

Al reflexionar sobre esta historia, surgen muchas preguntas: ¿Qué argumentos bullían en la mente de Senaquerib para mostrarse tan desafiante? ¿Acaso pensó que el Dios de Israel era tan impotente como los ídolos de las demás naciones? ¿No conocía la historia de Yahweh, quien abrió el mar Rojo, derrotó a Faraón, humilló a Canaán y levantó a un pueblo de esclavos para convertirlo en nación?

Esa misma noche, mientras el arrogante rey dormía tranquilo en su campamento, confiado en su número y poderío, el ángel del Señor descendió y ejecutó un juicio silencioso pero devastador: 185,000 soldados asirios fueron hallados muertos al amanecer. No hubo espada humana ni batalla, solo la intervención divina. El terror se apoderó del ejército invasor. Senaquerib, humillado y vencido sin haber empuñado su espada en Jerusalén, regresó a su capital, Nínive. Allí, años más tarde, mientras adoraba a su dios Nisroc en el templo, fue asesinado por dos de sus propios hijos, Adramelec y Sarezer. Así cayó el que se atrevió a desafiar al Dios Altísimo.

Y aun así, notamos la paciencia divina: Senaquerib vivió cerca de 64 años, una edad avanzada para un hombre que había insultado al Creador. Este dato no hace más que confirmar lo que dice la Escritura: Dios es tardo para la ira, grande en misericordia, y no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. Pero, cuando se agota su paciencia, su justicia se manifiesta sin titubeos.

¿Qué ganó Senaquerib al blasfemar contra el nombre de Yahweh? Nada. Perdió una batalla que nunca se libró, manchó su legado con vergüenza eterna y murió a manos de sus propios hijos. Su historia nos deja lecciones claras:

Ningún poder humano puede prevalecer contra la voluntad de Dios.

La soberbia es el camino más corto hacia la ruina.

El juicio de Dios puede tardar, pero siempre llega.

Blasfemar contra Dios es un acto de insensatez extrema.

Hoy nadie recuerda a Senaquerib como un héroe, sino como un insensato que se enfrentó al Todopoderoso y perdió sin luchar. Su memoria es una advertencia permanente para todos los que viven de espaldas a Dios, ignorando su Palabra, rechazando su llamado y burlándose de su autoridad.

¿Vale la pena vivir así? ¿No es más sabio humillarse ante Dios, reconocer su grandeza y buscar su favor? La invitación sigue abierta, hoy como ayer: «Vuelve ahora en amistad con Él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien» (Job 22:21).

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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