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ENTRE LA HUMILDAD Y LA VANAGLORIA

🦚 ENTRE LA HUMILDAD Y LA VANAGLORIA

«Ezequías quedó encantado con los enviados de Babilonia y les mostró todo lo que había en sus casas del tesoro: la plata, el oro, las especias y los aceites aromáticos. También los llevó a conocer su arsenal, ¡y les mostró todo lo que había en sus tesoros reales! No hubo nada, ni en el palacio ni en el reino, que Ezequías no les mostrara» (Is 39:2 NTV).

Ezequías fue el decimotercer rey de Judá y reinó aproximadamente entre los años 716 y 687 a.C. Se le recuerda como un monarca piadoso, temeroso de Dios, comprometido con el restablecimiento del culto verdadero y preocupado por el crecimiento espiritual de su pueblo. Promovió reformas religiosas significativas, restaurando el templo de Jerusalén, destruyendo los altares paganos y llamando a una renovación nacional de la fe en Yahweh. Sin embargo, como todo ser humano, Ezequías no estuvo exento de debilidades. Su mayor tropiezo fue la vanagloria: un orgullo oculto que, al final, se manifestó abiertamente.

El episodio más revelador de su fragilidad espiritual ocurrió cuando recibió una delegación enviada por Merodac-baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia. Con un entusiasmo desmedido, Ezequías les mostró todos los tesoros de su palacio, su arsenal militar y las riquezas del templo. Este acto de ostentación, lejos de glorificar a Dios, fue una demostración de ego y presunción. A pesar de que Babilonia aún no era una superpotencia mundial, estaba en ascenso, y los enviados babilonios nunca olvidarían lo que vieron en Jerusalén. Aquella imprudente exhibición marcaría el inicio de una cadena de eventos que, con el tiempo, culminaría en el exilio del pueblo judío.

El teólogo británico N. T. Wright ha señalado con aguda claridad: «En el centro de la ética cristiana está la humildad; en el centro de sus aberraciones está el orgullo». Esta reflexión se aplica con exactitud al caso de Ezequías. Él pudo haber interpretado su actitud como una forma de «evangelizar» a los babilonios, mostrando cómo Yahweh había bendecido a su pueblo. No obstante, el profeta Isaías no se dejó engañar: le advirtió que un día todos esos tesoros serían llevados a Babilonia, y que incluso sus descendientes serían convertidos en eunucos para servir en la corte del rey extranjero. Lo que Ezequías consideró un gesto de diplomacia espiritual, fue en realidad una grave confusión entre fe auténtica y presunción.

La verdadera fe no presume, no se infla ni se exhibe con aires de superioridad. La fe genuina se manifiesta en una vida de dependencia humilde del Señor. Es una confianza serena y reverente, no una actitud jactanciosa envuelta en lenguaje piadoso. William Gurnall, clérigo anglicano del siglo XVII, escribió con sabiduría: «El orgulloso ama el treparse, no como Zaqueo para ver a Cristo, sino para ser visto». En otras palabras, el orgullo busca visibilidad, aplauso y reconocimiento, mientras que la humildad anhela ver a Cristo y glorificarlo. Ezequías no quiso exaltar la gloria de Yahweh, sino presentar su reino como un modelo de éxito terrenal, convirtiéndose —sin notarlo— en el centro de su propio espectáculo.

El apóstol Pablo, en cambio, declaraba con firmeza que no se gloriaría en nada, sino en sus debilidades. Esta afirmación desconcertante para muchos encierra una verdad profunda: gloriarse en las debilidades significa reconocer que todo lo bueno en nosotros es obra de Cristo. Cuando admitimos nuestras limitaciones, Dios puede manifestar Su poder de forma más clara. Como escribió Pablo: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12:10).

La noticia verdaderamente prominente es que Dios da gracia a los humildes, y los exalta a su debido tiempo. La humildad no es debilidad, sino fortaleza revestida de mansedumbre. Jesús mismo dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29). Estas dos virtudes —mansedumbre y humildad— fueron el fundamento del carácter del Hijo de Dios, y son también el modelo para todo creyente.

Es cierto que Dios es bueno, y que sus bendiciones son ricas, abundantes y maravillosas. Pero no debemos malinterpretar su generosidad: el propósito de sus favores no es inflar nuestro ego ni construir una imagen de «cristianos exitosos». Dios no desea que nos volvamos arrogantes, sino que vivamos en una actitud constante de gratitud, sencillez y dependencia de Él. El orgullo espiritual, aunque sutil, es una grave amenaza; convierte la gracia en mérito, y las bendiciones en trofeos personales.

Dios desea que la modestia sea la fragancia que emane de nuestro hogar cada día; que nuestro vecindario sea perfumado no con ostentación, sino con el aroma de Cristo. Como escribió el apóstol Pablo: «Porque para Dios somos el grato aroma de Cristo entre los que se salvan» (2 Corintios 2:15). Que nuestra vida no sea un escaparate de logros personales, sino un reflejo constante de la gloria de Dios.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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