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¿POR QUÉ PEDIR A LAS ESTRELLAS LO QUE SOLO DIOS PUEDE DAR?

💫 ¿POR QUÉ PEDIR A LAS ESTRELLAS LO QUE SOLO DIOS PUEDE DAR?

«¡Qué aflicción les espera a los que buscan ayuda en Egipto, al confiar en sus caballos, en sus carros de guerra y en sus conductores; y al depender de la fuerza de ejércitos humanos en lugar de buscar ayuda en el Señor, el Santo de Israel!» (Is 31:1 NTV).

Está claramente establecido en las Escrituras que el ser humano fue creado para la gloria de Dios (Is 43:7). Nuestra existencia no es fruto del azar, sino resultado de un propósito divino: conocer a Dios, honrarle, amarlo y confiar plenamente en su poder. A lo largo de la historia, el Creador se ha revelado de múltiples formas —por medio de la naturaleza, de las Escrituras y, sobre todo, a través de Jesucristo— para que todo ser humano pueda encontrar el camino hacia Él.

Sin embargo, cuando una persona desvía su fe y deposita su confianza en otros seres humanos, en instituciones, en sistemas, en ídolos o en cualquier otro poder creado, cae en un grave error espiritual. Esta desviación no es simplemente una falta de criterio, sino una transgresión que acarrea consecuencias profundas. La Biblia declara con contundencia: «Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová» (Jr 17:5). Es decir, confiar en algo o alguien más en lugar de Dios es colocarse bajo maldición.

Un ejemplo ilustrativo es la necedad de confiar en el poderío militar de Egipto, como lo hicieron algunos líderes de Judá. En vez de buscar refugio en el Altísimo, decidieron hacer alianzas humanas, ignorando que Egipto, aunque antaño fue una potencia gloriosa, no podía ofrecer verdadera salvación. Isaías lo describe como un «bastón de caña quebrada», que al apoyarse en él se rompe y atraviesa la mano (Is 36:6). Con justa razón alguien preguntó: «¿Por qué pedir deseos a las estrellas, cuando podemos clamar al Creador del universo que las hizo?».

A lo largo de toda la historia bíblica, no hay registro de una persona que, habiendo buscado sinceramente la voluntad de Dios y obedeciéndola fielmente, haya fracasado. Por el contrario, los que han confiado plenamente en el Señor han sido sostenidos, guiados, consolados y vindicados. Moisés, David, Daniel, Rut, Ester, María y tantos otros son testigos vivos de que Dios honra a quienes le honran. Tampoco hay evidencia de que alguien que haya creído en Dios como Señor y Salvador haya sido defraudado o avergonzado. El apóstol Pablo lo afirma con seguridad: «Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado» (Ro 10:11).

Por medio del profeta Isaías, Dios reprendió duramente a su pueblo por acudir a fuentes inútiles de ayuda espiritual. No se debe orar a santos que no hacen milagros, ni confiar en estatuas mudas, ni buscar auxilio en lo que no tiene vida. Clamar a un ídolo es como gritarle a un pozo vacío esperando que nos sacie la sed: una pérdida de tiempo y una forma de autoengaño.

Egipto, símbolo de apoyo humano, era como un titán con pies de barro: majestuoso por fuera, pero vulnerable y limitado por dentro. Isaías nos invita a ver a esta nación no como una esperanza, sino como un triste recordatorio de la inutilidad de confiar en las fuerzas humanas. Como un gigante con la frente descubierta o un coloso con el talón expuesto, Egipto representaba la falsa seguridad que finalmente lleva a la ruina.

El sabio Salomón, por su parte, nos dejó un principio que sigue siendo vital: «Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas» (Pr 3:5-6). Esta enseñanza es clave para la vida cristiana: no se trata de ignorar la ciencia, la medicina, las finanzas o la política, sino de no poner en ellas la confianza suprema que solo le corresponde a Dios. Él es nuestro refugio, nuestro escudo, nuestro proveedor, nuestro sanador y nuestro libertador.

Por ello, resistamos cada día la tentación de hacer del Estado, de los médicos, de los bancos o incluso de nosotros mismos, nuestros dioses modernos. Nada ni nadie puede sustituir al Dios vivo. Solo Él tiene palabras de vida eterna. Solo Él puede darnos paz en medio de la tormenta, fuerza en la debilidad, dirección en la confusión y vida en la muerte.

Recordemos, con renovada fe, la poderosa promesa de Romanos 8:31: «Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?». Nuestra confianza debe estar anclada firmemente en Aquel que creó las estrellas… no en las estrellas mismas.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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