ORGULLO Y CAÍDA: LA LECCIÓN DE SAMARIA
ORGULLO Y CAÍDA: LA LECCIÓN DE SAMARIA
«La orgullosa ciudad de Samaria, la corona gloriosa de los borrachos de Israel, será pisoteada bajo los pies de sus enemigos» (Is 28:3 NTV).
Para Isaías, hijo de Amoz, fue un inmenso honor haber sido llamado por Dios para ejercer el ministerio profético, pero también implicó una gran carga, un compromiso que podía costarle la vida. Ser portavoz del Altísimo no era un privilegio fácil de sobrellevar: requería valentía, integridad y una absoluta fidelidad, incluso cuando el mensaje divino podía resultar ofensivo o escandaloso para sus oyentes. Isaías fue enviado a proclamar la Palabra de Dios sin rodeos ni adornos, con la fuerza de quien habla en nombre del Creador. En esta reflexión, meditaremos sobre una de las advertencias más severas que Isaías tuvo que entregar: el juicio contra Samaria, capital del reino del norte, Israel.
1. Una ciudad hermosa, pero enferma de orgullo.
Isaías comienza denunciando el orgullo desmedido de Samaria. La ciudad, situada sobre una colina estratégica en la fértil región central de Israel, era una metrópoli floreciente. Dominaba un territorio que se extendía desde el mar Mediterráneo hasta el valle del Jordán, incluyendo lugares de imponente belleza como el monte Carmelo y el fértil valle de Sarón. A nivel político y económico, Samaria era una joya; a nivel arquitectónico, una maravilla; y en cuanto a su ubicación, un verdadero paraíso terrenal. No obstante, tanta prosperidad alimentó un corazón altivo y autosuficiente. Samaria se sentía invencible, olvidando que toda bendición proviene de Dios, y que sin Él, ninguna fortaleza es segura. El orgullo espiritual es una enfermedad mortal: nubla la conciencia, cierra los oídos al consejo divino y abre la puerta a la ruina.
2. Gobernantes intoxicados… en todo sentido.
Isaías no solo denuncia el orgullo, sino también el desenfreno y la corrupción moral de los líderes. Con palabras fuertes, el profeta los llama “borrachos”, no solo en sentido literal —porque, efectivamente, estaban entregados al vino—, sino también en un sentido simbólico: estaban embriagados de poder, de placer y de vanidad. Los sacerdotes y profetas, llamados a guiar al pueblo por caminos rectos, habían perdido completamente la brújula espiritual. Recibían visiones y dictaban juicios en estado de embriaguez, mostrando una desconexión total con la santidad de Dios. Las reuniones religiosas se habían vuelto grotescas: mesas llenas de vómito, impureza por doquier, una imagen gráfica del estado deplorable en que se hallaba la nación. Lo sagrado había sido profanado, y lo inmundo era tolerado como normal.
3. Juicio inminente: el castigo vino del norte.
Isaías no deja lugar a dudas: el juicio de Dios era inminente. A pesar de las incontables advertencias enviadas a través de múltiples profetas a lo largo de los siglos, el pueblo endureció su corazón. Finalmente, los asirios —archienemigos temidos y sanguinarios— fueron el instrumento que Dios usó para ejecutar su justicia. En el año 722 a. C., tras un asedio devastador de tres años, Samaria fue conquistada, saqueada y sus habitantes deportados. Muchos nunca regresaron. El reino del norte dejó de existir como entidad nacional. Aquel pueblo que había sido amado, protegido, instruido y bendecido, fue esparcido entre las naciones, tal como los profetas habían advertido.
El mensaje es claro: el amor de Dios es infinito, pero su paciencia no es eterna. Dios es lento para la ira, pero no es indiferente ante el pecado persistente. Él es justo, y su justicia requiere que todo pecado reciba su paga. Por siglos, Israel menospreció las oportunidades de arrepentirse, hasta que el juicio cayó como una tormenta inevitable.
4. ¿Y tú? No juegues con la gracia.
Este mensaje no es solo una lección histórica; es una advertencia personal. Si Dios no perdonó a su propio pueblo, al que amaba como a la niña de sus ojos, ¿qué te hace pensar que Él pasará por alto tu desobediencia? No lo hará. Por eso, hoy te habla a ti. No es casualidad que estas palabras hayan llegado a tus manos: Dios te está llamando al arrepentimiento. Te invita a dejar el orgullo, la apatía espiritual y los hábitos destructivos que has tolerado. Él quiere restaurarte, sanarte y conducirte a una vida plena, pero eso comienza con una decisión: volver a Él de todo corazón.
Cree en Jesucristo, el Hijo de Dios, quien murió para darte vida eterna. Solo en Él hay perdón, transformación y esperanza. Si te humillas, si le buscas con sinceridad, Él no solo te perdonará, sino que te dará una nueva vida. Él no quiere destruirte, sino salvarte. Pero no sigas aplazando tu decisión. Hoy es el día aceptable. Hoy es el día de salvación.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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