¿POR QUÉ SE ESCAPA LA PALOMA?
🕊️¿POR QUÉ SE ESCAPA LA PALOMA?
«Tú guardarás en perfecta paz a todos los que confían en ti, a todos los que concentran en ti sus pensamientos» (Is 26:3 NTV).
Si todos anhelamos la paz, ¿por qué parece siempre tan lejana? Si todos le abrimos la puerta, ¿por qué huye como una fugitiva? A pesar de que la humanidad lleva siglos buscándola con esmero, la paz auténtica continúa siendo esquiva. Ni la educación más refinada, ni las cuentas bancarias más abultadas, ni las prácticas de meditación trascendental pueden concederla. Y es que la paz verdadera no nace en la mente humana, porque esta —afectada por el pecado desde el nacimiento— está incapacitada para autogenerarla. El corazón del ser humano ha sido herido por una enfermedad espiritual congénita que lo aparta de su Creador, y mientras ese vínculo no se restaure, la paz será solo una ilusión efímera.
El profeta Isaías, con la claridad que da la revelación divina, declara que la perfecta paz solo se encuentra en Dios. ¿Por qué? Porque nuestras almas provienen de Él, y solo al volver a su presencia hallan verdadero reposo. Es como el pez que fue creado para el agua: fuera de su hábitat, no puede vivir; así también, fuera de Dios, el alma humana no puede tener paz.
El pueblo de Israel, en tiempos de Isaías, vivía sumido en un caos emocional y espiritual. Le habían dado la espalda a Dios, y como consecuencia, temblaban de terror ante la amenaza constante del imperio asirio, la maquinaria de guerra más despiadada y destructiva de su época. Era un tiempo de angustia colectiva, donde el miedo reinaba como un tirano invisible. Sin embargo, en medio de ese mar de nerviosismo, Isaías pronuncia una promesa esperanzadora: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado» (Is 26:3).
¡Qué contraste tan glorioso! Mientras unos se ahogaban en ansiedad, aquellos que depositaban su confianza en Dios podían vivir en una paz perfecta, sólida, inexplicable. Dios es como una roca firme donde incluso las golondrinas pueden anidar y reposar tranquilas con sus crías (cf. Sal 84:3). En Él, aún los más frágiles hallan seguridad.
Ahora bien, es imposible experimentar paz mental sin haber hecho primero la paz con Dios. Y esta paz no se logra por méritos humanos, sino por medio de la justificación divina. ¿Qué significa esto? Que cuando un pecador se arrepiente sinceramente de sus pecados y acepta por fe a Jesucristo como su Salvador, el Espíritu Santo aplica a su vida la justicia de Cristo. Dios lo declara justo —como si nunca hubiese pecado— y la enemistad con Dios se disuelve para siempre. Es entonces cuando la verdadera paz comienza a echar raíces en su interior.
Por eso, si aún no has resuelto el problema de tu pecado, debes saber que la yoga, los retiros espirituales, los ayunos, las vigilias, las ofrendas y las repeticiones religiosas pueden parecer reconfortantes por un instante, pero no pasan de ser placebos espirituales. No curan, no salvan, no transforman. Son parches que se colocan sobre una herida que sigue supurando. La única cura real se encuentra en la cruz del Calvario.
Una vez que el creyente ha recibido por fe la salvación que Cristo ofrece, su alma queda habitada por la paz de Dios, una paz que no depende de las circunstancias ni se altera con los vientos contrarios. Es una paz que ahuyenta el temor, fortalece el corazón y permite dormir en medio de la tormenta. Como escribió Alfonso de Huertas: «Vivimos en un mundo de urgencias y, por lo mismo, de ansiedades. Dios es Dueño de todo el mundo y de todo el tiempo. Nunca dejaron de cumplirse sus promesas. Nunca el dolor tuvo la victoria final. La paciencia no es mera resignación, sino la capacidad de ver la luz eterna detrás de las nubes temporales».
Esa luz —la paz de Dios— sigue disponible hoy para todo aquel que se acerque a Él con fe y humildad. La paloma no se ha ido para siempre… simplemente espera encontrar un corazón dispuesto a darle posada.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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