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¡EL TEMPLO NO ES ESCUDO!

🛡️ ¡TEMPLO NO ES ESCUDO!

«No se dejen engañar ni crean que nunca tendrán que sufrir porque el templo está aquí. ¡Es una mentira!» (Jeremías 7:8 NTV).

La invasión babilónica de Jerusalén, encabezada por Nabucodonosor, era inminente. Sin embargo, Dios —quien es lento para la ira y grande en misericordia— no quiso destruir a su pueblo sin antes ofrecerle una última oportunidad para arrepentirse de sus pecados y abandonar sus malos caminos. A través del profeta Jeremías, el Señor les suplicó que se volvieran a Él con un corazón sincero.

Pero los habitantes de Jerusalén estaban cegados por una falsa seguridad. Se repetían a sí mismos: «¡El templo del Señor está aquí, estamos a salvo!». Creían que, por tener la casa de Dios en medio de ellos, jamás serían conquistados. Esa confianza ilusoria era la gran mentira que los falsos profetas habían sembrado durante años, adormeciendo la conciencia del pueblo.

Dios, en su infinita paciencia, les prometió que podrían permanecer en su tierra si abandonaban sus pensamientos perversos, practicaban la justicia en sus relaciones mutuas, dejaban de explotar a los extranjeros, huérfanos y viudas, y cesaban de asesinar y rendir culto a los ídolos. Sin embargo, su corazón endurecido se negaba a escuchar. Entonces, el Señor los confrontó con palabras punzantes: «¿Cómo pueden robar, matar, cometer adulterio, mentir y quemar incienso a Baal y a otros dioses, y luego presentarse delante de mí, diciendo que están a salvo, solo para volver a cometer las mismas perversidades?».

Plauto, el comediógrafo latino, afirmó con acierto: «Pienso que aquel en quien el sentimiento de la vergüenza ha muerto, es un hombre perdido». Precisamente eso le ocurría a Jerusalén: la vergüenza por el pecado había desaparecido por completo. Parafraseando a Spurgeon, Jeremías predicaba con ardor, intentando separar el corazón del pecado y unirlo con Yahweh; pero su mensaje caía en oídos sordos. Jerusalén había elegido un camino de ruina segura.

La advertencia divina no era mera teoría histórica. También hoy hay quienes se refugian en símbolos religiosos para acallar su conciencia: una cruz colgada en la pared, una Biblia en la mesa, asistir a la iglesia cada domingo o dar los diezmos puntualmente. Pero ninguna de estas cosas, aunque buenas en sí mismas, sustituye un corazón arrepentido.

Permíteme preguntarte con franqueza: ¿En qué o en quién está cimentada tu esperanza de salvación? ¿Crees que tus tradiciones o tu trasfondo religioso te dan licencia para desobedecer a Dios? Si el Señor no evitó que Jerusalén —la ciudad donde habitaba su templo— fuera devastada por los babilonios, ¿qué te hace pensar que pasará por alto tus vicios y transgresiones?

El mensaje es claro: Dios no se impresiona por rituales vacíos ni por títulos religiosos. Él busca un corazón humilde, sincero y dispuesto a obedecer. Hoy es tiempo de arrepentirse y pedir perdón, antes de que llegue el día del juicio. No esperes a que sea demasiado tarde: ¡el templo no es escudo contra la justicia divina, pero Cristo sí es refugio seguro para todo el que cree y se vuelve a Él!

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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