EL PROFETA QUE LLORABA... ¡Y EL DIOS QUE TODAVÍA AMA!
🥹 EL PROFETA QUE LLORABA... ¡Y EL DIOS QUE TODAVÍA AMA!
«Esto dice el Señor: “Deténganse en el cruce y miren a su alrededor; pregunten por el camino antiguo, el camino justo, y anden en él. Vayan por esa senda y encontrarán descanso para el alma”. Pero ustedes responden: “¡No, ese no es el camino que queremos!”» (Jeremías 6:16 NTV).
El profeta Jeremías ha pasado a la historia como «el profeta llorón», no por debilidad de carácter, sino por la profunda carga espiritual que llevó sobre sus hombros. Sus lágrimas eran el reflejo del corazón de Dios, herido por la rebelión de su pueblo. Jeremías tuvo la difícil tarea de anunciar severos juicios contra Judá y Jerusalén, así como Isaías había advertido siglos antes la destrucción de Samaria a manos de los asirios.
Jerusalén, en lugar de aprender la lección que dejó su hermana Samaria, corrió con mayor velocidad por la pista del pecado. Si existieran unas «olimpiadas de la maldad», Jerusalén habría ganado la medalla de oro en todas las disciplinas: corrupción, idolatría, injusticia, violencia y falsedad religiosa.
La maldad brotaba de Jerusalén como agua de una fuente inagotable. Sus calles estaban teñidas de sangre, llenas de violencia, opresión y destrucción. Desde el más pequeño hasta el más anciano, todos despreciaban la palabra de Dios y se negaban a escuchar cualquier consejo. Los líderes políticos estaban llenos de avaricia; los profetas y sacerdotes, que debían ser guías espirituales, se habían transformado en farsantes profesionales, traficando con lo sagrado para beneficio propio. La nación entera se comportaba como una prostituta desvergonzada que ni siquiera cobraba por sus favores, sino que corría ansiosa a pagar a sus amantes para poder fornicar con ellos.
Sin embargo, el corazón de Dios, rebosante de amor y misericordia, no dejó de llamar tiernamente a su pueblo. Como un padre que ruega a su hijo rebelde, los instaba a volver, a abandonar sus malos caminos y a regresar a Su abrazo perdonador. Pero Judá mordía una y otra vez la mano del Señor que la alimentaba, rechazaba la exhortación de los profetas y persistía en su conducta disoluta.
La noticia prominente para hoy es esta: ¡Dios todavía te ama intensamente y anhela tu regreso a casa! El gran reformador Martín Lutero lo expresó con estas palabras: «La capacidad limitada del corazón humano no logra comprender la profundidad insondable y el celo ardiente del amor de Dios hacia nosotros».
Dios no escatimó nada por ti: no le importó morir para abrazarte, besarte y perdonarte. Hoy te invita a levantarte, dejar atrás tu necedad y regresar al abrazo cálido de tu Padre Celestial. Si Jerusalén hubiera escuchado, habría evitado lágrimas y ruina. Si tú escuchas hoy, habrá gozo y restauración.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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