ADORANDO ESPANTAPÁJAROS
🪩 ADORANDO ESPANTAPÁJAROS
«Los que rinden culto a ídolos son estúpidos y necios. ¡Las cosas a las que rinden culto están hechas de madera!» (Jeremías 10:8 NTV).
De entre la multitud de pecados que asolaban a Israel, la idolatría era, sin duda, el más grave. El pueblo de Dios, llamado a ser luz para las naciones, se dejó seducir por el brillo engañoso de las imágenes talladas. Su fascinación por los ídolos era tan grande que no les importaba comportarse como insensatos y necios, como sucedió en el monte Sinaí, cuando pidieron al sumo sacerdote Aarón que les fabricara un «becerro de oro» para adorarlo. Apenas habían pasado tres meses desde que habían visto con sus propios ojos el poder del Altísimo: las diez plagas que arrasaron Egipto, la apertura de las aguas del mar Rojo y la destrucción del ejército del faraón. Sin embargo, con descaro, señalaron a un simple tótem y exclamaron: «Tú eres nuestro dios, tú nos sacaste de Egipto». ¡Ah, pueblo insensato y de dura cerviz!
Martín Lutero, el gran reformador alemán, observó con agudeza: «La superstición, la idolatría y la hipocresía cuentan con grandes salarios; la verdad es mendiga». Israel, al despreciar la verdad revelada por Dios, se rebajó al nivel de las naciones paganas, buscando sentido a la vida en la adivinación y consultando a las estrellas en lugar de al Creador de los cielos. Con absurda ingenuidad, cortaban un árbol, un artesano les tallaba un ídolo, lo recubrían de oro y plata, y luego lo aseguraban con clavos para que no se cayera. ¡Vaya dioses tan frágiles que necesitaban ser sostenidos por los hombres para no terminar en el suelo!
El Señor, herido en su amor y con un celo santo, habló con ironía y dolor: «¡Sus dioses son como inútiles espantapájaros en un campo de pepinos! No pueden hablar y necesitan que los lleven en brazos porque no pueden caminar. No teman a semejantes dioses, porque no pueden hacerles ningún daño, ni tampoco ningún bien» (Jeremías 10:5, NTV). ¡Qué escena tan triste! El Dios vivo, que había extendido su brazo poderoso para librarlos, veía cómo su pueblo se postraba ante objetos sordos y ciegos, dándoles la gloria que solo Él merece.
El filósofo idealista alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel escribió: «La religión [israelita] era, según las descripciones de los profetas, una idolatría grosera y sensual». Y no se equivocaba. Jeremías no se cansaba de amonestar al pueblo, rogándoles que no actuaran con ignorancia y que reconocieran la falsedad de esos ídolos sin aliento, obras humanas condenadas a perecer. Eran ‘mentiras ridículas’, adornadas pero inútiles, incapaces de salvarlos en el día del juicio.
¡Pero el Dios de Israel no es como esos ídolos impotentes! Él es el Creador de los cielos y de la tierra, el que da vida a todo ser, el que sostiene el universo con su poder. Israel no es cualquier nación; es su posesión más preciada, la niña de sus ojos. ¡El Señor de los Ejércitos Celestiales es su nombre! Él no necesita ser cargado por los hombres; al contrario, es Él quien lleva a su pueblo en brazos y lo guarda bajo la sombra de sus alas.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios
Publicar un comentario