¡VIAJEROS CON DESTINO DIVINO!
✈️ ¡VIAJEROS CON DESTINO DIVINO!
«Levanto la vista hacia las montañas; ¿viene de allí mi ayuda? ¡Mi ayuda viene del Señor, quien hizo el cielo y la tierra! Él no permitirá que tropieces; el que te cuida no se dormirá. En efecto, el que cuida a Israel nunca duerme ni se adormece. ¡El Señor mismo te cuida! El Señor está a tu lado como tu sombra protectora. El sol no te hará daño durante el día, ni la luna durante la noche. El Señor te libra de todo mal y cuida tu vida. El Señor te protege al entrar y al salir, ahora y para siempre» (Sal 121 NTV).
Los cánticos espirituales conocidos como “cánticos de ascenso” o “salmos de los peregrinos” eran entonados por los israelitas mientras subían a Jerusalén para celebrar las grandes fiestas religiosas, como la Pascua, Pentecostés o los Tabernáculos. Estas canciones no solo marcaban el ritmo del viaje físico, sino que también preparaban el corazón de los peregrinos para encontrarse con Dios en su santo templo. En un ambiente de armonía, alegría y unidad espiritual, el pueblo recordaba con gratitud el amor inagotable y las incontables bendiciones de Yahweh, el Dios fiel de Israel.
El Señor, Creador del cielo y de la tierra, no es un Dios lejano ni indiferente; Él se involucra activamente en la vida de su pueblo. Su ayuda no es esporádica ni ocasional, sino constante, oportuna y perfecta. Dios guía a sus hijos por el camino correcto, evitando que tropiecen o se extravíen en su recorrido por la historia. Su dirección es segura, incluso cuando las circunstancias parecen inciertas.
El cuidado divino que Dios brinda a su pueblo es personal e ininterrumpido. No delega esa tarea ni se distrae con otros asuntos: vela día y noche por quienes confían en Él. Es una protección permanente, como un resguardo 24/7: las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana. Así como la sombra nunca se separa del cuerpo, así Dios permanece junto a su pueblo como una “sombra protectora”, silenciosa pero efectiva, discreta pero poderosa. Israel nunca está solo, ni tampoco lo están hoy los creyentes que caminan bajo su luz. Nada ni nadie puede arrancarlos del abrazo amoroso del Altísimo.
Durante la travesía por el desierto, luego del éxodo de Egipto, la presencia de Dios se manifestó de forma visible y tangible: una nube los cubría de día y una columna de fuego los alumbraba de noche (Éx 13:21-22). La nube era mucho más que un fenómeno meteorológico; era una expresión del tierno cuidado de Dios que protegía al pueblo del calor abrasador y de los peligros solares, brindándoles sombra, frescura y alivio. En la noche, cuando la oscuridad podía infundir temor, la columna de fuego les ofrecía luz, calor y seguridad, alejando a las fieras y guiándolos por el camino. Era una clara señal de que Dios caminaba con ellos, velando por su bienestar.
Hoy, los que procuramos vivir dentro de los buenos, agradables y perfectos propósitos de Dios (Ro 12:2), podemos confiar en que el mismo Señor sigue cuidando nuestra “salida y nuestra entrada”, como lo afirma el Salmo 121. Es decir, nos guarda en todo lo que hacemos, en cada viaje que emprendemos, en cada decisión que tomamos, en cada etapa de la vida. Desde ahora y hasta la eternidad, su fidelidad permanece firme. Dios no solo protege nuestros cuerpos, sino que cuida también nuestras almas, nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras relaciones.
El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Jn 2:17). Puede que enfrente pruebas, dudas, tropiezos o incluso peligros, pero jamás estará fuera del alcance del amor y del cuidado divino. Como dijo el reconocido poeta y pastor Eugene Peterson:
«Cada paso que damos, cada respiro que inhalamos, sabemos que somos resguardados por Dios, que Él nos acompaña y que Él nos gobierna. Por lo tanto, no importa qué dudas soportemos o qué accidente experimentemos, el Señor nos guarda de todo mal y cuida nuestra vida misma».
Nuestra travesía por la vida no es solitaria ni insegura. Vamos hacia la Jerusalén celestial (He 12:22), guiados por el Pastor eterno que nos guarda como la niña de sus ojos (Dt 32:10). ¡Qué bendición es caminar con la certeza de que el Señor va con nosotros!
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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