¡QUÉ DELICIA VIVIR UNIDOS!
🫂 ¡QUÉ DELICIA VIVIR UNIDOS
«¡Qué maravilloso y agradable es cuando los hermanos conviven en armonía! Pues la armonía es tan preciosa como el aceite de la unción que se derramó sobre la cabeza de Aarón, que corrió por su barba hasta llegar al borde de su túnica. La armonía es tan refrescante como el rocío del monte Hermón que cae sobre las montañas de Sion. Y allí el Señor ha pronunciado su bendición, incluso la vida eterna» (Sal 133 NTV).
Este es uno de los cánticos espirituales conocidos como «cánticos de ascenso» o «cánticos graduales», entonados por los peregrinos hebreos mientras subían hacia la ciudad santa de Jerusalén. El propósito de su viaje era celebrar juntos las grandes festividades nacionales —como la Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos—, y rendir adoración colectiva al único Dios verdadero: Yahweh, el Señor de Israel.
En este breve pero riquísimo Salmo, el autor —probablemente el rey David— reflexiona sobre el gozo y la bendición de vivir en unidad. No se trata de una simple coexistencia sin conflictos, sino de una armonía profunda, tejida con amor, humildad, respeto y propósito compartido. Dios creó al ser humano con una naturaleza relacional; fuimos diseñados para vivir en comunión, primero en el contexto de la familia, luego en la comunidad y, finalmente, en la iglesia. La soledad no es el ideal divino. Recordemos que Dios mismo es una comunidad perfecta: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Como imagen de esa Trinidad, nosotros también estamos llamados a vivir interdependientemente, siendo «miembros los unos de los otros» (Ro 12:5).
El salmista describe esta unidad con tres metáforas poderosas, cada una llena de simbolismo espiritual:
1. La unidad es preciosa.
El autor dice que vivir en armonía es «bueno y delicioso», como el óleo de la unción derramado sobre la cabeza de Aarón, el sumo sacerdote. Este aceite sagrado no se aplicaba con moderación, sino que se vertía en abundancia, empapando la cabeza, descendiendo por la barba y llegando hasta el borde de sus vestiduras. La imagen es impactante: Aarón quedaba completamente impregnado del perfume de la unción. Así también, cuando hay verdadera comunión entre hermanos, esa unidad es visible, palpable, fragante, consagrada y llena de la presencia de Dios. Es una bendición que fluye desde lo alto y santifica todo a su paso.
2. La unidad es refrescante.
Luego, el salmista compara la armonía con el rocío del monte Hermón, que desciende sobre los montes de Sion. El monte Hermón, ubicado al norte de Israel, es conocido por su altura, su verdor y sus fuentes de agua. El rocío allí es abundante, y mantiene fértil la región. En contraste, Sion —más al sur— es más seco. Por eso, la imagen de ese rocío cayendo sobre Sion representa un milagro de refrigerio y fertilidad espiritual. Así es la unidad: trae frescura, aliento, renovación y crecimiento. Nos restaura, nos fortalece y nos llena de gozo. La comunión entre creyentes es como una brisa fresca en medio del calor de las pruebas cotidianas.
3. La unidad atrae bendición y vida.
Finalmente, el salmo concluye con una afirmación contundente: «Allí envía el Señor bendición y vida eterna». El «allí» se refiere al lugar donde reina la armonía entre el pueblo de Dios. Es en ese ambiente fraterno donde se manifiestan las bendiciones divinas: paz, provisión, propósito, poder y, en última instancia, vida eterna. No es casualidad que muchas promesas de Dios en las Escrituras estén dirigidas a comunidades, no solo a individuos. Las reuniones edificantes, las fiestas espirituales y los cultos congregacionales no son simples actos religiosos; son encuentros celestiales donde el cielo se une con la tierra, donde el cuerpo de Cristo se fortalece y el mundo puede ver el testimonio del amor verdadero.
En resumen, este Salmo es una hermosa celebración de la comunión fraternal. Nos recuerda que la vida en unidad no solo es deseable, sino también indispensable para experimentar a plenitud la gracia, la gloria y el gozo del Señor. ¡Qué hermoso es cuando los hijos de Dios caminan juntos en amor y respeto mutuo! Ahí, en medio de esa armonía, el cielo se abre y la eternidad toca la tierra.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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