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LENGUAS AFILADAS Y REDES OCULTAS

👅 LENGUAS AFILADAS Y REDES OCULTAS

«Oh Señor, rescátame de los malvados; protégeme de los que son violentos, de quienes traman el mal en el corazón y causan problemas todo el día. Su lengua pica como una serpiente; veneno de víbora gotea de sus labios» (Sal 140:1-3 NTV).

Uno de los grandes tesoros de los Salmos es la sinceridad conmovedora con la que el salmista eleva su voz al cielo. En ellos no hay máscaras ni formalismos; hay corazón abierto, emoción genuina y un profundo deseo de conexión con Dios. El salmista expresa, con palabras inspiradas, aquello que cada creyente desea comunicar al Señor en medio de las luchas y tribulaciones de la vida diaria.

En particular, este salmo refleja la experiencia de alguien que se siente acosado por enemigos reales, no imaginarios, y que reconoce el peligro constante que lo rodea como un asedio silencioso pero amenazante. El rey David, autor de este cántico, clama al Altísimo no sólo por protección física, sino especialmente por defensa contra la calumnia, ese veneno sutil que destruye sin tocar. Es posible que este clamor surgiera durante sus años como fugitivo, huyendo de la corte del rey Saúl, cuando muchos lo difamaban con el propósito de desacreditarlo y justificar su persecución.

Los enemigos del justo no siempre empuñan espadas. A veces, sus armas son palabras disfrazadas de verdad, acusaciones insidiosas, rumores que se esparcen como fuego en hojarasca seca. Ignorarlos o subestimarlos es un error peligroso, porque su oposición es planificada, persistente y estratégica. Es como una red tejida con paciencia, lanzada en el momento menos esperado para hacernos tropezar y caer, especialmente cuando estamos activos en el ministerio o sirviendo al prójimo con devoción.

Marco Aurelio, el emperador filósofo, dijo con sobriedad: «Sólo los locos persiguen lo imposible. Imposible es que los malos no cometan maldades». Es decir, no hay que sorprenderse de que el mal actúe como tal; lo que debemos hacer es estar preparados, firmes en la fe, conscientes de que la batalla no es sólo externa, sino también espiritual.

La calumnia es un pecado de la lengua, y por eso es tan peligrosa. Como señaló el sabio escita Anacarsis: «La lengua es lo mejor y lo peor que poseen los hombres». De ella puede brotar bendición o destrucción. La Biblia misma lo confirma cuando dice: «Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas creadas a su semejanza» (Stg 3:9). ¿No es acaso urgente que cuidemos nuestras palabras, y también nos protejamos de las ajenas?

La situación que enfrentaba David era de alto riesgo: si los falsos testimonios no lograban hundirlo, sus adversarios estaban listos para desatar la violencia física. Pero David no respondió con odio ni represalias. En lugar de dejarse arrastrar por la desesperación, actuó con sabiduría y prudencia, refugiándose en la oración y confiando en la justicia de Dios. Como dijo el célebre predicador Charles Spurgeon: «El perseguido se dirige a Dios en oración; no podía hacer nada más sabio. ¿Quién puede enfrentarse al hombre malvado y derrotarlo, salvo el mismo Jehová, cuya bondad infinita es más que un rival para todo el mal del universo?».

Incluso los más justos no están a salvo de ser objeto de calumnias. El dramaturgo William Shakespeare expresó esta dura realidad al afirmar: «La virtud misma no puede librarse de los golpes de la calumnia». ¡Cuánta verdad encierra esa frase! David, el «dulce cantor de Israel», fue atacado no sólo por sus enemigos militares, sino también por quienes querían destruir su reputación. Y sin embargo, él no se rindió.

Como bien lo expresó Henry Durbanville: «A todos se nos prometió una llegada segura, pero a nadie se le prometió un viaje fácil». La vida cristiana no es un paseo sin tormentas, sino una travesía con tempestades, donde la fe es nuestra ancla, y la verdad, nuestro escudo.

Por eso, oremos como David. Pidamos al Señor que nos guarde de las trampas del enemigo, que nos proteja de la mentira y de las lenguas traicioneras. Y defendámonos siempre con la verdad. Ella podrá ser golpeada, tergiversada, atacada… pero jamás será derrotada. Como dice el apóstol Pablo: «Nada podemos contra la verdad, sino a favor de la verdad» (2 Co 13:8).

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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