¡TODOS ALABEN A DIOS!
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🎼 ¡TODOS ALABEN A DIOS!
«¡Que todo lo que respira cante alabanzas al Señor! ¡Alabado sea el Señor!» (Sal 150:6 NTV).
El himnario bíblico, conocido también como el Libro de los Salmos o Salterio, comienza con una sabia y poderosa exhortación a todos los creyentes: buscar la verdadera felicidad y prosperidad por medio de una vida íntegra, apartada del mal y fundamentada en una profunda meditación diaria y obediente de la Ley del Señor (Sal 1:1-3). Desde este punto de partida, el lector es conducido a través de una extensa colección de cánticos y oraciones que expresan un amplio abanico de emociones humanas: desde la desesperación más honda hasta el júbilo más exaltado, desde la confesión más sincera hasta la más ferviente adoración.
Sin embargo, el final del Salterio es particularmente glorioso e inspirador. Los últimos cinco salmos (Salmos 146 al 150) forman una impresionante secuencia de alabanza progresiva, una especie de crescendo espiritual que culmina en una explosión de júbilo universal. Cada uno de estos salmos comienza y termina con una misma frase jubilosa: «¡Aleluya!» o «¡Alabado sea el Señor!», marcando un tono de adoración exuberante y contagiosa.
En el Salmo 146, el salmista comienza animándose a sí mismo a alabar al Señor mientras viva, reconociendo que la verdadera esperanza y ayuda no se encuentran en los seres humanos, que son frágiles y temporales, sino en Dios, quien hizo el cielo y la tierra, quien es fiel para siempre y hace justicia al oprimido.
El Salmo 147 expande la invitación, exhortando a los habitantes de Jerusalén y a toda la nación de Israel a glorificar al Señor por su tierna atención. Dios reconstruye lo destruido, sana los corazones quebrantados y cubre de estrellas el cielo con precisión matemática. Él da alimento a los hambrientos, sostiene a los humildes y se deleita en los que le temen.
El Salmo 148 rompe todas las fronteras conocidas y convoca a una alabanza cósmica. El poeta sagrado invita a los ángeles y ejércitos celestiales, al sol, la luna y las estrellas, a las criaturas del mar profundo y a los fenómenos de la naturaleza (como el fuego, el granizo, la nieve y los vientos) a unirse en la sinfonía divina. Luego llama a todo ser viviente: montañas y colinas, árboles frutales y cedros, animales salvajes y domésticos, reyes y pueblos, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, ¡todos sin excepción! Todos deben alabar al Señor porque su nombre es excelso y su gloria rebasa los cielos.
En el Salmo 149, el canto toma un matiz comunitario y festivo. El pueblo de Dios es llamado a cantar un cántico nuevo, a celebrar al Señor con danzas, arpas y panderos, porque Él se complace en su pueblo y corona de victoria a los humildes. La alabanza aquí también tiene una dimensión profética y escatológica, anticipando los juicios justos del Señor y la victoria definitiva del bien sobre el mal.
Y finalmente, el Salmo 150 es la gran explosión final, el clímax de este himnario espiritual. Con un tono festivo y universal, el salmista exhorta a todo lo que respira —sin distinción de lugar, especie o condición— a alabar al Señor. Desde el santuario celestial hasta lo más recóndito de la tierra, la alabanza debe brotar con todo tipo de instrumentos musicales: trompetas, arpas, liras, panderos, cuerdas, flautas, címbalos resonantes... ¡Todo debe rendirle gloria al Creador! Este cierre apoteósico no deja lugar a dudas: la vida entera ha sido diseñada para glorificar a Dios.
Así, el Libro de los Salmos —que comenzó con un llamado a la meditación y a la santidad personal— culmina con una explosión coral de adoración universal. Es como si toda la creación, con un solo corazón y una sola voz, levantara un canto eterno al Rey de reyes y Señor de señores. ¡Que todo lo que respira alabe al Señor! ¡Aleluya!
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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