VALE MÁS QUE EL ORO
💰 VALE MÁS QUE EL ORO
«Elige una buena reputación sobre las muchas riquezas; ser tenido en gran estima es mejor que la plata y el oro» (Pr 22:1 NTV).
En el versículo que meditamos hoy (Fil 4:8), se destaca un valor que, aunque intangible, tiene un peso incalculable: la buena reputación. El apóstol Pablo anima a los creyentes a pensar, valorar y cultivar «todo lo que es de buena reputación», junto con otras virtudes cristianas como la verdad, la justicia, la pureza y el amor.
Este pasaje nos revela al menos dos aspectos fundamentales sobre este tema:
1. La buena reputación es una elección personal.
No se trata de algo que otros nos otorgan arbitrariamente, como un diploma o un reconocimiento externo. Más bien, es el fruto directo de nuestras decisiones cotidianas, de nuestra conducta, nuestras palabras, nuestras actitudes, y del testimonio que vamos construyendo día a día. Es una siembra constante de integridad, bondad, amabilidad, honestidad y respeto. Nosotros decidimos si la cultivamos o la descuidamos.
La gente no inventa lo que ve en nosotros: simplemente reflejan lo que perciben. Como dijo John Wooden, célebre entrenador de baloncesto: «Ten cuidado con tu carácter, porque es lo que realmente eres. La reputación es sólo lo que otros creen que eres». Pero lo cierto es que, con el tiempo, ambos tienden a coincidir.
2. La buena reputación es más valiosa que el oro o la plata.
A primera vista, esto podría parecer exagerado. Después de todo, ni la reputación se come ni paga las cuentas. El dinero, en cambio, resuelve muchas necesidades materiales. Pero la buena reputación abre puertas que el dinero no puede: puertas de confianza, de oportunidades, de relaciones duraderas y de respeto profundo.
Un antiguo proverbio italiano reza: «Una onza de reputación vale más que mil libras de oro». Y con razón. La confianza que una buena reputación genera puede ser el recurso más rentable que tengamos. Por el contrario, la desconfianza es costosa: relaciones rotas, puertas cerradas, credibilidad perdida, influencia anulada.
¿Te has detenido a pensar cuánto te importa lo que los demás piensan de ti? No en el sentido superficial de agradar a todos, sino en el sentido ético de reflejar a Cristo en tu vida pública y privada. El filósofo romano Cicerón decía: «No preocuparse en absoluto por la opinión de los demás no sólo es arrogancia, sino también desvergüenza». Y tenía razón. Como creyentes, no sólo debemos ser buenos… debemos parecerlo también.
Gabriel García Márquez escribió: «Lo único peor que la mala salud es la mala fama». Y es que una mancha en la reputación puede ensombrecer hasta las mejores intenciones. Alguien que desprecia el valor de la buena reputación probablemente ya la ha perdido. Maquiavelo lo resumió con una frase inquietante pero certera: «Pocos ven lo que somos; todos ven lo que aparentamos».
Por eso, cuidar nuestra reputación no es sólo un consejo práctico, es una instrucción bíblica y espiritual. Es bueno, es bonito y es bíblico. El evangelista Dwight L. Moody solía decir: «Si yo cuido de mi carácter, mi reputación cuidará de sí misma». Qué verdad tan poderosa: la reputación es el eco de lo que somos cuando nadie nos ve.
Personalmente, doy testimonio de los frutos dulces que he cosechado gracias a la buena reputación que sembraron mis padres. Esa herencia intangible me ha abierto caminos, me ha librado de muchos males y me ha inspirado a seguir su ejemplo. Ahora, es nuestro turno de hacer lo mismo: dejar una estela de integridad para los que vienen detrás.
En resumen: la buena reputación no se hereda, se construye. No se improvisa, se cultiva. Y no se impone, se gana. Que nuestra vida esté marcada por aquello que es verdadero, justo, amable, puro y… de buena reputación (Fil 4:8).
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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