Youtube

¡GOBIÉRNATE ANTES DE CONQUÍSTAR!

¡GOBIÉRNATE ANTES DE CONQUÍSTAR!

«Una persona sin control propio es como una ciudad con las murallas destruidas» (Pr 25:28 NTV).

Con la sabiduría excepcional que Dios le había otorgado, el rey Salomón nos deja en este versículo una poderosa lección de prudencia: compara la falta de dominio propio con una ciudad cuyas murallas han sido derribadas. Esta imagen no es fortuita. En el mundo antiguo, las murallas eran símbolo de seguridad, dignidad y fortaleza. Una ciudad sin murallas era vulnerable, desprotegida, y fácilmente presa de sus enemigos. Del mismo modo, una persona sin autocontrol queda expuesta a todo tipo de peligros emocionales, relacionales y espirituales.

El dominio propio es mucho más que una virtud humana: es un fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23). Este don no sólo embellece el carácter del creyente, sino que le otorga una capacidad extraordinaria para gobernarse a sí mismo con sabiduría, templanza y sensatez. Es la fuerza interior que impide reaccionar con violencia ante una provocación, que permite guardar silencio cuando sería fácil gritar, y que ayuda a actuar con madurez en vez de impulsividad.

Salomón entendía muy bien que sin dominio propio, el ser humano puede destruir todo lo valioso que ha construido: una amistad, una relación familiar, una reputación intachable o una carrera profesional. Basta un arranque de ira, una palabra mal dicha, una reacción fuera de lugar, para abrir brechas difíciles de reparar. Por eso, la advertencia es clara: perder la compostura es abrirle la puerta al enemigo.

Desde tiempos remotos hasta nuestros días, las murallas han sido esenciales para la defensa de los pueblos. Representan los límites que resguardan la identidad, los valores y la vida de quienes habitan en su interior. Sin esos límites —ya sean físicos, emocionales o espirituales— somos como una fortaleza abandonada: sin dirección, sin defensa y sin esperanza.

Perder el dominio propio puede causar una cadena de desgracias: arruinar un matrimonio, traumatizar a los hijos, desbaratar negociaciones importantes, encender fuegos de contienda familiar o incluso provocar conflictos internacionales. Como bien dijo Bob Chope: «No siempre puedes controlar el viento, pero puedes controlar tus velas». Es decir, no podemos cambiar todo lo que nos ocurre, pero sí podemos elegir cómo reaccionar.

Si tu temperamento tiende a ser eufórico, explosivo o impetuoso, no te resignes ni te excuses diciendo: “así soy yo”. Dios no te ha dejado a merced de tus pasiones. Él te ha dado un Espíritu de poder, amor y dominio propio (2 Ti 1:7), precisamente para que no seas esclavo de tus emociones, sino maestro de ti mismo. El autocontrol no es una debilidad, ¡es una manifestación de fuerza divina en tu interior!

El mismo Salomón escribió: «Mejor es ser paciente que poderoso; más vale tener control propio que conquistar una ciudad» (Pr 16:32, NTV). ¡Qué declaración tan impactante! En una época donde se admira al conquistador, al fuerte, al que impone su voluntad, Salomón exalta al que sabe controlarse. En otras palabras, vencerte a ti mismo es más admirable que vencer ejércitos enemigos. David, Julio César o Alejandro Magno conquistaron ciudades... pero ¿conquistaron su alma?

Por eso, antes de proponerte escalar el Everest, cerrar el mejor negocio de tu vida o liderar grandes proyectos, asegúrate de haber conquistado tu carácter. Porque no hay empresa más trascendente que gobernar tu propio corazón con sabiduría, paciencia y dominio propio. Quien se conquista a sí mismo, está listo para enfrentar cualquier desafío del mundo.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios

Con la tecnología de Blogger.