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LA VARA QUE ENSEÑA Y LIBERA

🎯 LA VARA QUE ENSEÑA Y LIBERA

«La vara de la disciplina imparte sabiduría, pero el hijo malcriado avergüenza a su madre. Disciplina a tu hijo, y te traerá tranquilidad; te dará muchas satisfacciones» (Pr 29:15, 17 NVI).

La Biblia enseña con claridad que el pecado entró en el mundo por medio de Adán (Ro 5:12), y que, como consecuencia, todos los seres humanos nacemos con una naturaleza pecaminosa (Sal 51:5). Desde Caín hasta el más reciente recién nacido, todos compartimos la misma condición: somos pecadores y estamos destituidos de la gloria de Dios (Ro 3:23). Esta naturaleza caída arrastra consigo una tendencia persistente hacia la necedad, la rebeldía y la desobediencia. No se trata de una etapa ni de una excepción: es una condición permanente que nos acompaña desde la cuna hasta la tumba.

Ante esta realidad, el libro de Proverbios se convierte en una mina de oro para los padres que desean criar hijos sabios, justos y temerosos de Dios. Allí se nos presentan múltiples herramientas de disciplina, entre ellas el uso moderado, sensato y amoroso de la vara. La corrección no es sinónimo de violencia ni de abuso, sino de formación intencional y firme con un objetivo claro: apartar la necedad del corazón de los hijos (Pr 22:15).

Cuando la disciplina se ejerce con justicia, equilibrio emocional y propósito formativo, produce frutos deseables y abundantes. No solo moldea el carácter del hijo, sino que brinda paz, satisfacción y confianza al corazón de los padres. En mi hogar de infancia, por ejemplo, el “chicote” no era un símbolo de temor irracional, sino un recordatorio constante de los límites y consecuencias. Aunque su aplicación fue severa en ocasiones, reconozco que muchas veces cumplió una función preventiva muy eficaz: nos guardó de decisiones imprudentes y de hábitos dañinos.

La escuela puede ofrecer conocimiento, pero es en el hogar —con amor firme y disciplina sabia— donde se cultiva la sabiduría para vivir con rectitud. La vara no solo corrige lo malo, sino que enseña lo bueno. Tal como el ejercicio fortalece el cuerpo, la educación musical forma la sensibilidad, y el aprendizaje de otros idiomas amplía los horizontes, la corrección disciplinaria fortalece el carácter moral y espiritual de los hijos. Es una materia obligatoria en la carrera hacia una vida plena, responsable y virtuosa.

Incluso Dios, nuestro Padre celestial, emplea la disciplina como una muestra de su amor: “Porque el Señor disciplina a los que ama” (He 12:6). ¿Y qué padre amoroso no anhela lo mejor para sus hijos? La corrección oportuna y constante puede ser la diferencia entre un futuro arruinado y una vida bendecida.

Lucio Anneo Séneca, coincidiendo admirablemente con la sabiduría bíblica, afirmó: «Ninguna propensión maligna del corazón humano es tan poderosa que no pueda ser dominada con la disciplina». Y es cierto: cuando nuestros hijos desprecian la corrección, se rebelan contra los valores que les hemos enseñado o adoptan actitudes desafiantes, la respuesta más amorosa no es la permisividad, sino una firmeza revestida de afecto. En esos momentos, la mejor forma de amarles no es ignorar su conducta, sino corregirla con amor. Y, a veces, el mejor instrumento de ese amor es precisamente la vara.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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