¡NO ECHES LEÑA AL FUEGO!
🔥 ¡NO ECHES LEÑA AL FUEGO!
«Honroso es al hombre evitar la contienda, pero no hay necio que no inicie un pleito» (Pr 20:3 NVI).
Los proverbios bíblicos fueron redactados por hombres profundamente sabios, guiados por el Espíritu de Dios, que conocían tanto la ley del Señor como los conflictos reales de la gente común. Estos sabios no escribieron desde una torre de marfil, sino desde la experiencia, la observación y la inspiración divina. Con respeto, claridad y amor por la verdad, nos brindaron consejos que siguen siendo actuales y poderosamente transformadores.
Aplicar estos principios con humildad implica reconocer que no lo sabemos todo, que no lo controlamos todo y que no somos dueños de nuestro destino. Someterse al señorío de Yahweh es dar un paso hacia la verdadera libertad, lejos de la ansiedad del control y del orgullo de la autosuficiencia. Cuando permitimos que Dios gobierne nuestros pensamientos, emociones y reacciones, empezamos a construir relaciones más sanas, una convivencia más armoniosa y una vida más plena.
Los conflictos entre personas por diferencias de opiniones, intereses o egos no solo son molestos, sino también peligrosos. Dañan amistades, destruyen familias, fracturan iglesias y contaminan ambientes laborales. La ira mal gestionada puede causar heridas profundas y cicatrices difíciles de sanar.
Sorprendentemente, hay creyentes que justifican los pleitos como si fueran parte del «condimento» de la vida cotidiana. Algunos incluso los ven como mecanismos funcionales para:
1. Darle sabor a la vida, como si la existencia sin discusiones fuera insípida.
2. Desahogar el estrés, descargando su frustración sobre la esposa o el esposo.
3. Ejercitar la defensa propia, especialmente con los hermanos en la fe.
4. Abrirse paso en el tráfico, insultando a otros conductores con una «santa ira».
5. Imponerse en el trabajo, intimidando a colegas o subordinados.
Pero esta mentalidad no es compatible con el espíritu del Evangelio. La Escritura es clara y directa: «El hijo buscapleitos es una desgracia para su padre» (Pr 19:13), y también declara que «es mejor vivir solo en el desierto que con una esposa quejumbrosa y peleonera» (Pr 21:19). Estos dichos, aunque en tono proverbial y hasta humorístico, encierran verdades fundamentales: vivir en constante disputa desgasta, amarga y destruye.
Por el contrario, el sabio inspirado afirma que «evitar la contienda es una señal de honor» (Pr 20:3). En otras palabras, no es cobardía rehuir la pelea; es sabiduría y madurez emocional. Porque hay pleitos de un minuto… que te roban toda una vida. Una palabra dicha con furia puede destruir una reputación, una amistad o un matrimonio entero. Provocar, prolongar o disfrutar las discusiones es cosa de necios, no de discípulos de Cristo.
La medida de toda ética cristiana es, y siempre será, Cristo mismo. Él no vivió buscando pleitos, sino extendiendo la paz. No se impuso por la fuerza, sino por la verdad. Practicó la armonía con sus discípulos, promovió la concordia entre los necesitados y respondió con mansedumbre a las provocaciones más crueles. «Aprended de mí —dijo— que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11:29).
Si queremos reflejar a Jesús en nuestras relaciones, debemos ser pacificadores, no incendiarios. Debemos edificar puentes, no muros. ¡Dejemos de echar leña al fuego! Seamos sabios que promueven la paz, no necios atrapados en la telaraña de la discordia.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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