UN DÓLAR MÁS... ¿Y SERÁS FELIZ?
💸 UN DÓLAR MÁS... ¿Y SERÁS FELIZ?
«Los que aman el dinero nunca tendrán suficiente. ¡Qué absurdo es pensar que las riquezas traen verdadera felicidad!» (Ec 5:10 NTV).
Si yo hubiera escrito ese versículo, tendrías toda la razón en cuestionar su veracidad, pues jamás he poseído grandes riquezas. Pero quien lo escribió fue nada menos que un rey inmensamente rico, con poder suficiente para adquirir todo lo que un hombre puede desear en esta vida. Sin embargo, llegó a una conclusión que nos sigue sorprendiendo hasta hoy: que todo el oro del mundo no basta para comprar la verdadera felicidad.
Aquel rey, Salomón, no hablaba desde la teoría, sino desde la experiencia. Probó placeres, sabiduría, fama, posesiones, proyectos grandiosos y todo cuanto se podía imaginar... pero nada lo llenó. Al final de sus días, confesó que todo era «vanidad de vanidades», como quien despierta de un largo sueño y descubre que la verdadera plenitud no se encuentra en lo material.
El dinero tiene una capacidad asombrosa de seducción. Es adictivo, envolvente y persuasivo. Cuanto más tienes, más deseas. Nunca parece ser suficiente. La insaciable búsqueda de posesiones materiales se convierte en una carrera agotadora hacia un horizonte que se aleja con cada paso.
Pero la Biblia no condena las riquezas en sí mismas. De hecho, el libro de Proverbios valora la diligencia, la administración sabia, el ahorro constante y la inversión responsable, enseñando que estos principios pueden llevar a la prosperidad legítima. Dios mismo bendice a muchos con bienes materiales como parte de su favor. Lo que la Escritura sí condena rotundamente es la avaricia, ese impulso desordenado de acumular sin medida ni propósito, ese amor al dinero que el apóstol Pablo calificó como la raíz de toda clase de males (1 Ti 6:10). Porque cuando el dinero se convierte en nuestro dios, lo sacrificamos todo: la paz, la familia, la salud, y hasta nuestra relación con el verdadero Dios.
Un ejemplo revelador lo encontramos en la historia de John D. Rockefeller, uno de los hombres más acaudalados de su tiempo. Cuando le preguntaron cuánto dinero se necesita para que un hombre sea feliz, respondió con brutal honestidad: «¡Solo un dólar más!». Esa respuesta encierra una gran verdad: la codicia jamás se sacia, siempre pide un poco más.
El poeta inglés George Herbert lo expresó con precisión siglos antes: «El avaro lleva en sí su propio infierno». ¡Cuánta razón tenía! El que vive para acumular termina atrapado en una cárcel invisible: la ansiedad, el miedo a perder lo que tiene, la frustración de no tener lo que otros poseen.
La noticia prominente para hoy es esta: la bendición de Dios es la que enriquece, y no añade tristeza con ella (Pr 10:22). El hombre que ha recibido de Dios tanto la salud como los bienes materiales, vive agradecido y sereno. No está esclavizado por sus posesiones ni angustiado por su cuenta bancaria. Sabe que todo lo que tiene es prestado, que pertenece a Dios, y que Él —en su soberanía— da y quita según su buena, agradable y perfecta voluntad.
La verdadera riqueza consiste en tener paz con Dios, un corazón satisfecho, una familia que te ame, y la certeza de que tu alma tiene un destino eterno. Todo lo demás es añadidura.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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