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¡CORRER TRAS EL VIENTO O VIVIR CON PROPÓSITO!



🌬️ ¡CORRER TRAS EL VIENTO O VIVIR CON PROPÓSITO!

«Aquí culmina el relato. Mi conclusión final es la siguiente: teme a Dios y obedece sus mandatos, porque ese es el deber que tenemos todos» (Ec 12:13 NTV).

El libro de Eclesiastés es una joya literaria y filosófica del Antiguo Testamento. Su título proviene del término hebreo Qohelet, que significa «el que convoca una asamblea» o, más comúnmente, «el Predicador». Este personaje, identificado tradicionalmente con el rey Salomón, emprende una profunda y sincera exploración sobre el sentido de la vida. En su búsqueda incansable por comprender el propósito de la existencia humana, reflexiona sobre todos los aspectos cruciales que conforman nuestra experiencia terrenal: la familia, el trabajo, las riquezas, el poder, el conocimiento, la justicia, la muerte y los placeres.

A pesar de su enorme sabiduría, Salomón llega a una conclusión desconcertante y amarga: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». Es decir, todo parece efímero, vacío, fugaz… como tratar de atrapar el viento entre los dedos. Esta expresión resume el sentimiento de frustración que embarga al ser humano cuando busca sentido en las cosas terrenales sin tomar en cuenta a Dios. Ninguna de ellas —ni siquiera las más sublimes— tiene valor duradero si no están conectadas con lo eterno.

Pero Eclesiastés no se limita a una visión pesimista o nihilista. Salomón también aborda temas mucho más profundos y existenciales: el propósito de la vida, el misterio de la muerte, la justicia divina, el sufrimiento de los justos y la aparente prosperidad de los malvados, el valor del alma humana y su destino eterno, la sabiduría frente a la necedad y la desconcertante falta de sentido en un mundo que parece girar sin rumbo. Cada página es una invitación a pensar, a hacer pausa, a mirar más allá de lo inmediato y superficial.

En medio de sus cavilaciones, el Predicador reconoce que la vida, a pesar de sus enigmas, es un regalo divino. Existir es un privilegio. Respirar, amar, trabajar, reír y llorar son bendiciones, aunque muchas veces no comprendamos completamente su propósito. Como bien dijo el filósofo cristiano Søren Kierkegaard: «La vida no es un problema que debe resolverse, sino una realidad que debe ser experimentada». No todo será claro en este lado de la eternidad, pero podemos estar seguros de que Dios está al mando, incluso cuando todo parezca derrumbarse.

Al final del libro, Salomón da un giro crucial: se reafirma en su fe en Yahweh y concluye que lo único realmente valioso en la vida es temer a Dios y obedecer sus mandamientos. Esta es la verdadera sabiduría. Cuando todo lo demás se desvanece como humo, solo permanece lo eterno. Su mensaje final es como una brújula que orienta al alma desorientada: sin Dios, todo carece de sentido; con Dios, todo cobra verdadero valor.

En momentos de debilidad, incluso los más sabios pueden perder el rumbo. La mente humana es vulnerable a las dudas, a las filosofías huecas, a las ideologías engañosas. Pero si somos hijos de Dios, Él mismo nos guiará de regreso al camino correcto. Como advirtió el escritor británico G. K. Chesterton: «Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en cualquier cosa».

La noticia prominente de hoy es que Dios sigue sentado en su trono. Nada escapa a su control: ni el caos político, ni las amenazas de guerra, ni la incertidumbre económica, ni tus conflictos personales. Si el miedo a una guerra nuclear, al futuro incierto o al sufrimiento presente sacude tu fe, no temas al maligno, teme al Dios Todopoderoso. Mira a Jesús, no apartes la mirada de su cruz. Porque allí, en el madero, está la respuesta definitiva a nuestras preguntas más profundas.

Mantente firme y sé valiente. Camina con la frente en alto y la mirada puesta en el cielo, porque la redención está cerca. Y lo que hoy parece vacío, mañana será plenitud, si tu esperanza está anclada en Cristo. Amén

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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