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ROSAS ENTRE ESPINAS

ROSAS ENTRE LAS ESPINAS

«¡Aclamen con alegría al Señor, habitantes de toda la tierra! Adoren al Señor con gozo. Vengan ante él cantando con alegría. ¡Reconozcan que el Señor es Dios! Él nos hizo, y le pertenecemos; somos su pueblo, ovejas de su prado. Entren por sus puertas con acción de gracias; vayan a sus atrios con alabanza. Denle gracias y alaben su nombre. Pues el Señor es bueno. Su amor inagotable permanece para siempre, y su fidelidad continúa de generación en generación» (Sal 100 NTV).

Marco Tulio Cicerón, el gran orador romano, afirmó con sabiduría: «La gratitud no es solamente la mayor de las virtudes, sino la madre de todas las demás». Esta declaración resume una verdad fundamental: ser agradecidos transforma no solo nuestra relación con los demás, sino también con nosotros mismos y, sobre todo, con Dios.

En el salterio bíblico, el Salmo 100 brilla como una joya poética y espiritual. Se trata de una convocatoria universal a la gratitud, un canto breve, pero lleno de fuerza, dirigido a todas las naciones, pueblos y lenguas. El texto no solo llama a agradecer, sino que lo hace con alegría, entusiasmo y reverencia.

El teólogo medieval Eckhart de Hochheim, conocido como el "Maestro Eckhart", expresó una verdad profunda al decir: «Si la única oración que dijiste fue gracias, eso sería suficiente». Esta sencilla oración, cargada de humildad y reconocimiento, posee un poder inmenso para transformar corazones y abrir el alma al cielo.

1. Alegría y entusiasmo en la adoración.

El salmista comienza con una exhortación clara: «Aclamen con alegría al Señor, habitantes de toda la tierra» (Sal 100:1). No hay espacio para el tedio espiritual ni para la indiferencia ante Dios. ¡El Creador del universo merece nuestro entusiasmo!

Frente a la grandeza de Dios, lo natural debería ser una adoración vibrante y una actitud de profunda gratitud. El místico español San Juan de la Cruz lo expresó así: «Una oración de acción de gracias cuando las cosas andan mal, vale por mil cuando las cosas andan bien».

La gratitud, incluso en medio de las pruebas, es una forma de fe en acción. Es, además, una poderosa vitamina espiritual que fortalece el ánimo, renueva el gozo y produce contentamiento en el alma.

2. Identidad y pertenencia al rebaño divino.

El salmo continúa con un recordatorio fundamental: «Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y somos suyos. Somos su pueblo, ovejas de su prado» (Sal 100:3). Este versículo reafirma nuestra identidad: no estamos solos ni somos producto del azar, sino creación deliberada de un Dios amoroso que nos cuida como un pastor cuida a sus ovejas.

Pertenecer al rebaño del Señor es un privilegio. Nos da dignidad, propósito y destino. No somos huérfanos en un mundo caótico, sino príncipes celestiales, herederos de Dios y coherederos con Cristo (Ro 8:17), predestinados a reinar con Él por la eternidad.

¿Acaso no merece ese Padre celestial nuestra gratitud más ferviente, sincera y expresiva?

3. Amor inagotable y fidelidad eterna.

El salmo concluye con esta declaración gloriosa: «Porque el Señor es bueno; su amor es eterno y su fidelidad permanece para siempre» (Sal 100:5). Esta es una de las razones más poderosas para vivir agradecidos: el amor de Dios no se agota ni falla jamás.

El predicador inglés George A. Buttrick escribió: «Tal vez deberíamos intentar escribir las bendiciones de un solo día. Podríamos comenzar, pero nunca terminaríamos. No hay en todo el mundo suficientes lápices o papel».

La gratitud es una disciplina espiritual que refresca el alma, combate la amargura y nos libra del veneno de la queja. En vez de lamentarnos por las espinas que acompañan las rosas, aprendamos a dar gracias por las rosas que florecen entre las espinas. ¡Qué diferencia produce este cambio de enfoque!

El Salmo 100 es mucho más que un poema: es una llave que abre la puerta del gozo verdadero. La gratitud nos conecta con la bondad de Dios, nos recuerda quiénes somos y nos mantiene anclados a su amor eterno.

En un mundo que promueve la queja, la prisa y el olvido, la gratitud es un acto contracultural y profundamente espiritual. Nunca será una pérdida dar gracias a Dios. Más bien, es sembrar esperanza, recoger gozo y fortalecer nuestra fe. Que nuestra oración diaria comience y termine con esta sencilla palabra: ¡Gracias!

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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