EN DIOS Y EN NADIE MÁS
EN DIOS Y EN NADIE MÁS
«Que todo lo que soy alabe al Señor; con todo el corazón alabaré su santo nombre. Que todo lo que soy alabe al Señor; que nunca olvide todas las cosas buenas que hace por mí» (Sal 103:1-2 NTV).
Alabar a Dios es mucho más que una práctica religiosa: es una respuesta espontánea del alma agradecida ante la majestuosa grandeza de nuestro Creador. Significa enumerar —aunque nunca podríamos agotar la lista— las incontables maravillas de su carácter, celebrar sus extraordinarias proezas a lo largo de la historia y exaltar sus infinitas y merecidas cualidades. Adorar al Señor es reconocer su gloria, su fidelidad, su compasión y su poder que no mengua.
Como se afirmó acertadamente ayer, todo el papel y la tinta del mundo no alcanzarían para describir con justicia la hermosura del ser y del obrar de nuestro admirable Padre celestial. ¡Dios es inagotablemente bueno, eternamente digno de alabanza!
En el Salmo 103 —una de las cumbres poéticas del salterio— el rey David se exhorta a sí mismo: “Bendice, alma mía, al Señor”. Es una invitación personal, íntima y profunda a no olvidar ninguna de las bendiciones recibidas. El salmista no espera a estar rodeado de música o de una congregación para exaltar a Dios; lo hace desde lo más hondo de su ser, impulsado por la memoria agradecida y el gozo reverente.
1. Alabanza por el perdón y la sanidad.
David comienza reconociendo que Dios es quien perdona todos sus pecados y sana todas sus dolencias. El perdón es el mayor de los regalos divinos, porque rompe las cadenas de la culpa, restaura la relación rota con el Creador y nos ofrece una nueva oportunidad para vivir conforme a su voluntad.
El escritor cristiano John White expresó: «No hay nada que libere tanto a una persona del control del pecado como el descubrimiento embriagador de que ha sido libremente aceptado y perdonado».
Quien ha sido perdonado por Dios no puede menos que adorarlo con todo el corazón. Además, la sanidad —física, emocional y espiritual— es testimonio de su compasión. Dios no solo cura el cuerpo, sino que también restaura el alma herida y conforta el espíritu abatido.
2. Alabanza por la redención y la coronación divina.
David continúa alabando a Dios porque ha sido rescatado del abismo de la muerte y ha sido coronado con amor fiel, misericordia constante y abundancia de bienes. Esta es una imagen profundamente consoladora: Dios no solo nos saca del peligro, sino que nos dignifica, nos honra y nos rodea con su amor.
El teólogo Philip Yancey escribió: «La gracia transmite la mejor noticia posible: que el Dios del Universo nos ama; una noticia tan buena que lleva consigo el olor del escándalo».
Y Oswald Chambers añadió: «El escándalo no fue la sangre de un mártir o de un héroe altruista; fue la vida de Dios misma derramada para redimir al mundo».
La redención que Dios nos ofrece no es superficial, sino radical y costosa. Fue comprada al precio más alto: la vida de su propio Hijo. ¡Cómo no alabarlo por tan inefable gracia!
3. Alabanza por la justicia divina.
En tercer lugar, el salmista celebra que Dios hace justicia y defiende a los oprimidos. Él da rectitud a quienes han sido maltratados o calumniados. En un mundo donde la injusticia, el favoritismo y la corrupción campean a sus anchas, alabar a Dios por su justicia es una declaración profética y contracultural.
El político francés Adolphe Thiers dijo: «La injusticia es una madre jamás estéril: siempre produce hijos dignos de ella».
Pero el creyente sabe que el Dios de la Biblia es diferente: Él no tolera la maldad ni la iniquidad; Él es juez justo que defiende a los indefensos, levanta al caído y vindica al inocente.
Cuando parece que el mal tiene la última palabra, el alma que conoce a Dios se aferra a la esperanza de que su justicia no tarda y su misericordia no se olvida. Alabarlo por ello es renovar nuestra fe en que Él gobierna el universo con verdad y rectitud.
El Salmo 103 nos exhorta a no olvidar ninguno de los beneficios de Dios. Nos anima a alabarlo, no solo por lo que hace, sino por lo que Él es: compasivo, lento para la ira, grande en amor y lleno de verdad. Como dijo el evangelista inglés Theodore Austin-Sparks: «Busca tener tu vida en Dios, no en cosas, no en personas, no en lugares, no en circunstancias, no en argumentos, no en razonamientos humanos, sino en Dios».
La verdadera alabanza brota de una vida centrada en Él. Una vida que reconoce su bondad en todo momento, que no se deja dominar por el olvido o la rutina espiritual, y que responde con gratitud, fidelidad y reverencia a un Dios que merece toda nuestra adoración.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios
Publicar un comentario