NO VALE LA PENA ENOJARSE
😡 NO VALE LA PENA ENOJARSE
«La respuesta apacible desvía el enojo, pero las palabras ásperas encienden los ánimos» (Pr 15:1 NTV).
El enojo es una emoción tan común como peligrosa. Todos lo hemos experimentado en alguna medida: desde una leve irritación hasta una furia desenfrenada. Es parte de la condición humana, sí, pero también es una fuerza emocional que, si no se gestiona adecuadamente, puede causar estragos tanto en nuestra salud como en nuestras relaciones.
El enojo es un pésimo consejero. Cuando se apodera de nosotros, ofusca la mente, acelera la respiración, altera nuestro equilibrio interno, provoca jaquecas, nos empuja a levantar la voz, y nos conduce a tomar decisiones de las que luego nos arrepentimos profundamente. Como dijo el sabio Ralph Waldo Emerson: «Cada minuto que estás enojado, renuncias a sesenta segundos de paz mental».
La Biblia reconoce que el enojo es real y que, incluso, puede tener una causa legítima. Por eso el apóstol Pablo escribió a los efesios: «Airaos, pero no pequéis» (Ef 4:26). Es decir, reconoce que podemos airarnos, pero nos exhorta a no permitir que el enojo nos lleve a pecar. Sin embargo, en mi experiencia personal, ese consejo me resulta muy difícil de seguir, pues casi siempre que me enojo… peco. Mis reacciones, casi automáticas, tienden a ser desproporcionadas y dañinas.
Por naturaleza, tengo un temperamento impaciente e irascible. Eso convierte mi corazón en un terreno fértil para que el enojo brote con facilidad. Y cuando lo hace, no tarda en manifestarse a través de actitudes negativas, palabras ásperas, gestos rudos y miradas que hieren. He perdido la tranquilidad y, lo más doloroso, he alejado a buenos amigos por no saber controlar mis impulsos. Mark Twain ilustró esto con gran agudeza al decir: «El enojo es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se almacena que a cualquier cosa sobre la que se vierte».
La ciencia también ha estudiado los efectos del enojo prolongado y los ha relacionado con problemas cardiovasculares, trastornos del sueño, depresión y conflictos interpersonales. El enojo, cuando se convierte en hábito, deja una estela de dolor.
Por eso me resulta tan liberadora la afirmación del psicólogo Wayne Dyer: «El enojo es una elección y un hábito». No es un castigo ni una maldición irreversible. Es algo que podemos desaprender. No nacimos para vivir enojados. Podemos cambiar, sanar y ser transformados por el poder de Dios. ¡Y doy gracias al Señor porque hoy, al menos hoy, no me he enojado! Eso ya es una pequeña gran victoria, fruto de su gracia. Y como decía con sabiduría Benjamín Franklin: «Siempre tendremos razones para estar enfadados, pero esas razones rara vez serán buenas».
Estoy convencido de que ningún creyente debería vivir como esclavo del enojo. Hemos sido llamados a una vida diferente, más elevada, más pacífica. El apóstol Pablo lo recordó claramente: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio» (2 Ti 1:7). Y ese “dominio propio” es una de las joyas del fruto del Espíritu Santo.
Por eso, no debemos normalizar el enojo como parte inevitable de nuestra personalidad. Debemos dejar de reaccionar airadamente por todo, por nada y porque sí. En lugar de eso, permitamos que el Espíritu Santo nos moldee a la imagen de Cristo. Que nos enseñe a responder con amabilidad en vez de gritar, a hablar con calma en vez de herir, a construir en lugar de destruir. Como enseña Proverbios 15:1: «La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego».
La verdadera sabiduría no está en reprimir el enojo, sino en transformarlo. Esa es la sabiduría que agrada al Señor.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios
Publicar un comentario