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EDUCAR CON SABIDURÍA CELESTIAL: ¡HIJOS QUE ILUMINAN EL HOGAR!

📖 EDUCAR CON SABIDURÍA CELESTIAL: ¡HIJOS QUE ILUMINAN EL HOGAR!

«Los proverbios de Salomón: Un hijo sabio trae alegría a su padre; un hijo necio trae dolor a su madre» (Pr 10:1 NTV).

El renombrado expositor bíblico Martyn Lloyd-Jones dijo una vez con profunda convicción: «Todos nuestros problemas finalmente emanan de nuestra ignorancia de Dios». Y qué razón tenía. Cuando no conocemos a Dios, erramos en nuestras decisiones, nos falta perspectiva eterna y nos perdemos en los laberintos de este mundo cambiante. Sin embargo, la sabiduría de Dios —revelada generosamente en Su Palabra— ofrece dirección, consuelo y soluciones sólidas para cada área de nuestra vida, incluyendo uno de los pilares más importantes de toda sociedad: la familia.

El libro de Proverbios, una joya de sabiduría milenaria, está colmado de instrucciones prácticas y espirituales que elevan la calidad de vida familiar. En sus páginas encontramos consejos tan preciosos como metales prístinos, ideales para ornamentar cada rincón de nuestro hogar con gracia, equilibrio, amor y justicia. Tanto padres como hijos pueden hallar allí las claves para construir un ambiente donde reine la comprensión, el respeto mutuo y el propósito divino.

Uno de los proverbios más conocidos afirma: «El hijo sabio alegra al padre; el hijo necio es el dolor de su madre» (Pr 10:1). ¿Alguna vez te has detenido a reflexionar por qué se menciona al padre en relación con la alegría y a la madre con el dolor? Este contraste resalta no solo las consecuencias emocionales del comportamiento de los hijos, sino también la profunda conexión afectiva y espiritual que existe en la crianza. Cuando un hijo actúa con sabiduría, honra el esfuerzo, la instrucción y el amor de sus padres. Pero cuando toma decisiones necias, no solo se hiere a sí mismo, sino que también entristece profundamente a quienes más lo aman.

El consejero familiar David Hormachea advirtió sabiamente: «Se puede ser un padre sabio en un mundo necio, pero no se puede criar un hijo sabio en un mundo necio». Y es cierto. Padres y madres pueden invertir su tiempo, recursos y corazones en enseñar el bien, modelar valores y corregir con amor, pero la decisión final de aplicar esa enseñanza recae en cada hijo. La libertad individual es un don divino, y con ella viene la responsabilidad personal de acatar o rechazar el consejo recibido.

Esto nos lleva a una pregunta esencial: ¿Qué tipo de educación espiritual estás brindando a tus hijos? El escritor estadounidense William Arthur Ward expresó una idea transformadora: «El educador mediocre habla. El buen educador explica. El educador superior demuestra. El gran educador inspira». En otras palabras, no basta con hablar de Dios; hay que vivir de tal manera que inspiremos a nuestros hijos a buscarlo por sí mismos. Deben ver en nosotros una fe auténtica, coherente, firme y amorosa. Tal como el joven Timoteo la vio reflejada en su abuela Loida y su madre Eunice (2 Ti 1:5), quienes con su testimonio lograron encender en él una vocación firme de servicio y fidelidad a Dios.

Por su parte, la destacada educadora María Montessori expresó: «La mayor señal del éxito de un profesor es poder decir: ahora los niños trabajan como si yo no existiera».

Aplicado al hogar, esto significa que el objetivo de la educación no es la dependencia continua, sino formar hijos capaces de actuar por convicción propia, de tomar decisiones sabias incluso en ausencia de sus padres, de conducirse con rectitud, integridad y fe profunda en cada etapa de su vida.

El éxito de la crianza no se mide en el control o la rigidez, sino en haber logrado hablar, explicar, demostrar e inspirar —con paciencia, ejemplo y oración constante— a cada hijo para que: conozca personalmente a Dios, confíe en Él como su Salvador, obedezca sus mandamientos con alegría, y sirva activamente en el avance de Su Reino, todo esto por voluntad propia, no por imposición.

¡Qué privilegio y qué reto tan sublime el de formar generaciones sabias que glorifiquen al Señor desde sus primeros pasos!

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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