¡LA SABIDURÍA GRITA EN LAS ALTURAS!
🗣️ ¡LA SABIDURÍA GRITA EN LAS ALTURAS!
«¡Escuchen cuando la sabiduría llama! ¡Oigan cuando el entendimiento alza su voz!» (Pr 8:1 NTV).
El capítulo 8 del libro de Proverbios es uno de los más sublimes y poéticos del Antiguo Testamento. Su belleza radica en que no solo define las virtudes de la sabiduría, sino que la personifica con voz, rostro y carácter. No se trata de una virtud abstracta, sino de una figura viva que clama por nuestra atención con autoridad, ternura y urgencia. En este pasaje, la sabiduría se muestra como un padre prudente, un maestro experimentado, un juez justo, y también como una mujer noble y generosa que se pone de pie en los lugares más concurridos de la ciudad —en mercados, calles, colinas, entradas de puertas y plazas públicas— y alza su voz sin reservas para exhortar a toda la humanidad.
La sabiduría no es tímida ni exclusiva. Al contrario, se ofrece sin restricciones a todos los que quieran escuchar: jóvenes y ancianos, ricos y pobres, líderes y ciudadanos, sabios e ignorantes. Su mensaje es claro: usen el buen juicio, cultiven el discernimiento, aprecien el conocimiento, vivan con sensatez. Es una invitación que no solo busca instruir, sino transformar vidas.
Lamentablemente, muchos ignoran su clamor. Para un gran número de personas, la voz que realmente los mueve a levantarse por la mañana no es la de la sabiduría divina, sino la de Mammon, el falso dios de la codicia y el materialismo. El afán por el dinero, el prestigio y los bienes materiales ha nublado la vista espiritual de generaciones enteras. Pero la sabiduría, con voz clara y firme, nos recuerda que vale más que el oro refinado, más que la plata brillante, más que los rubíes más raros o cualquier otra joya codiciada. Nada de lo que uno pueda desear se compara con ella.
En su discurso apasionado, la sabiduría nos llama a odiar el mal en todas sus formas: el orgullo arrogante, la soberbia insensata, la corrupción que destruye sociedades, y el lenguaje perverso que contamina relaciones. Ella encarna cualidades que todos anhelamos: fuerza moral, inteligencia aguda, sentido común práctico y éxito duradero. Son dones que no se obtienen en los centros comerciales ni en los bancos, sino en la comunión con Dios y la obediencia a su palabra.
Es por medio de la sabiduría que los reyes gobiernan con justicia, que los gobernantes decretan leyes sabias y que los jueces imparten sentencias rectas. Ninguna autoridad es legítima si no está fundamentada en la sabiduría que proviene de lo alto. Esta sabiduría no pertenece a una élite intelectual ni a una casta religiosa; es un don disponible para todo aquel que la busque con humildad y sinceridad.
Pero quizás lo más asombroso de este capítulo es la afirmación de que la sabiduría es eterna. No fue creada: existía desde antes del principio. Acompañó a Dios en la creación del universo, presenció el nacimiento de los cielos, el establecimiento de los océanos, la formación de las nubes, la delimitación de los mares y la cimentación de la tierra. Estaba con Dios como un arquitecto que se deleita en su obra, y en ella Dios hallaba alegría y placer.
Quien encuentra esta sabiduría no solo se vuelve más sabio, sino que descubre el verdadero propósito de su existencia. Halla el camino recto, se aparta del mal, y —lo más precioso de todo— goza del favor de Dios por la eternidad.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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