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LA BELLEZA DE LA SANTIDAD

LA BELLEZA DE LA SANTIDAD

«¿Cómo puede un joven mantenerse puro? Obedeciendo tu palabra. He guardado tu palabra en mi corazón, para no pecar contra ti» (Sal 119:9, 11 NTV).

El Salmo 119 es célebre no solo por ser el capítulo más extenso de toda la Biblia, sino también por su extraordinaria belleza literaria y riqueza espiritual. Este cántico, considerado una joya de la poesía hebrea, es un acróstico cuidadosamente estructurado en veintidós estrofas, correspondientes a cada una de las letras del alefato hebreo. En cada estrofa, el salmista elogia con pasión y devoción la Palabra escrita de Dios —la Sagrada Escritura— como fuente inagotable de sabiduría, consuelo, dirección y pureza moral.

Debido a su profundidad teológica y su elaborado estilo, muchos estudiosos consideran que este sublime poema pudo haber sido escrito por el rey David a lo largo de su vida, en distintos momentos de lucha, adoración, arrepentimiento y victoria. Más allá de su autoría, el corazón del Salmo 119 late con una pregunta crucial para todo creyente: ¿es importante vivir en santidad delante del Señor? La respuesta es rotunda e ineludible: ¡Sí, absolutamente sí!

El erudito escocés William Barclay lo expresó con claridad: «La dinámica del cristiano para vivir justamente (santidad) reside en el hecho de que sabe que el pecado no solo transgrede la ley de Dios, sino también destroza su corazón». Estas palabras nos recuerdan que la santidad no es simplemente una imposición legal o una aspiración inalcanzable, sino una respuesta amorosa al carácter de un Dios que es Santo, Justo y Bueno.

En tiempos del Antiguo Testamento, el Sumo Sacerdote Aarón llevaba en su mitra una lámina de oro fino grabada con la expresión: “Santidad a Jehová” (Éx 28:36-38). Esta inscripción no era un adorno decorativo, sino una declaración solemne de lo que Dios espera de todos los que se acercan a Él: reverencia, pureza de corazón y vida consagrada. La adoración verdadera no es solo una cuestión de liturgia, sino de santidad interior.

El rey David afirmó con contundencia: «La santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre» (Sal 93:5). Así, la santidad no es un accesorio opcional, sino un distintivo esencial del pueblo de Dios. Ella embellece tanto la liturgia del templo como la conducta diaria del creyente. Refleja el carácter moral, íntegro y transparente de Yahweh. A diferencia de los ídolos paganos, grotescos, crueles o inmorales, el Dios de Israel es tres veces Santo (Is 6:3; Ap 4:8), y exige que quienes le adoren también lo sean en pensamiento, palabra y acción.

Ahora bien, ¿cómo puede una persona vivir en santidad en medio de un mundo contaminado por el pecado, la indiferencia y el relativismo moral? El salmista nos ofrece una respuesta clara: por medio de la obediencia a las Escrituras. La lectura constante, la meditación profunda y la práctica cotidiana de la Palabra de Dios son el camino seguro para una vida santa. «En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti» (Sal 119:11), confesó el salmista. Este versículo es una brújula moral para quienes desean caminar en integridad.

El célebre predicador A. W. Tozer lo resumió con esta frase contundente: «El verdadero ideal cristiano no es ser feliz, sino ser santo». La felicidad del creyente no se encuentra en la comodidad ni en el éxito material, sino en la comunión con Dios y en el gozo de vivir una vida que le honra.

En conclusión, el Salmo 119 no es solo una oda a la Biblia, sino un llamado urgente a vivir en santidad mediante la Palabra. Nos invita a atesorar las Escrituras como quien guarda un tesoro invaluable, y a permitir que esa semilla divina transforme nuestras vidas. Porque cuando la Palabra de Dios habita abundantemente en el corazón, la vida entera se vuelve una expresión de adoración y santidad.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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