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¡DE PROSTITUTA A CIUDAD FIEL!

🏛️ ¡DE PROSTITUTA A CIUDAD FIEL!

«Vengan ahora. Vamos a resolver este asunto —dice el Señor—. Aunque sus pecados sean como la escarlata, yo los haré tan blancos como la nieve. Aunque sean rojos como el carmesí, yo los haré tan blancos como la lana» (Is 1:18 NTV).

El profeta Isaías ejerció su ministerio en Jerusalén, capital del reino de Judá, durante los reinados de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías, aproximadamente entre los años 792 y 686 a.C. Fue un tiempo crítico y sombrío, en el que el pueblo de Judá tocó fondo en términos espirituales, morales y sociales. La nación, otrora bendecida y distinguida por su fidelidad a Dios, había caído en un estado deplorable de corrupción, injusticia y rebelión generalizada.

Desde el palacio real hasta el templo, desde los gobernantes hasta el pueblo común, todos habían abandonado el camino del Señor. Los líderes políticos abusaban del poder, los religiosos habían desviado el culto genuino, y la sociedad entera se revolcaba en la maldad. Jerusalén, que alguna vez fue reconocida como símbolo de justicia entre las naciones, ahora se comportaba como una ramera infiel. Sus calles estaban llenas de violencia y crimen. No había nada sano en la ciudad: era como un cuerpo enfermo de pies a cabeza, lleno de heridas, llagas y podredumbre espiritual.

Judá había ignorado al Dios que la formó, despreciando su cuidado y sus muchas advertencias amorosas. Se había hecho adicta al pecado, sedienta de injusticia, rebelde contra su Redentor. El país yacía en ruinas; sus ciudades habían sido incendiadas; sus campos, saqueados por enemigos que actuaban impunemente. Dios permitió esta situación no por crueldad, sino como un llamado urgente al arrepentimiento.

La descomposición espiritual era tan alarmante, que el profeta comparó a Jerusalén con Sodoma y Gomorra, dos ciudades destruidas por su maldad. Lo más escandaloso es que, mientras tanto, el pueblo continuaba presentando sacrificios, ofrendas y celebrando festividades religiosas, creyendo erróneamente que eso bastaba para agradar a Dios. Pero el Señor no se deja impresionar por apariencias: aquellos rituales le resultaban repulsivos. Eran un insulto, no una adoración. La religiosidad vacía, sin arrepentimiento ni obediencia, no tiene ningún valor ante el Creador.

Y, sin embargo, Dios no se dio por vencido con su pueblo. Por medio de Isaías, ofreció una posibilidad de restauración: quería devolverle a Jerusalén su antiguo esplendor, haciendo de ella una vez más una «Ciudad Fiel», llena de justicia y dirigida por jueces íntegros y consejeros sabios. Pero había una condición ineludible: el pueblo debía arrepentirse sinceramente de sus pecados. Isaías describió esos pecados con colores intensos —escarlata y carmesí—, símbolos de culpa notoria y profunda. Sin embargo, también proclamó una promesa deslumbrante: «Si se arrepienten, sus pecados serán tan blancos como la nieve; si se vuelven a mí, serán como lana pura» (Is 1:18).

Esta es una noticia prominente y vigente: ¡hay esperanza para el pecador!

Dios no desea la muerte del impío, sino que se convierta y viva. A través de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, tenemos acceso a un perdón total y definitivo. Su sangre derramada en la cruz es más poderosa que cualquier mancha de pecado. Si confiesas tus faltas con humildad y fe, Dios te perdona al instante, te limpia completamente y te concede una nueva vida.

Tal como Jerusalén pudo pasar de la deshonra a la restauración, tú también puedes ser transformado de una historia de fracaso a una historia de gracia. Lo viejo pasará, y todo será hecho nuevo. Él no solo te limpia: te renueva, te adopta como hijo o hija, y te regala una vida abundante que no termina, sino que apenas comienza.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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