Youtube

¿CÓMO ES DIOS?

¿CÓMO ES DIOS?

«Entonces dije: “¡Todo se ha acabado para mí! Estoy condenado, porque soy un pecador. Tengo labios impuros, y vivo en medio de un pueblo de labios impuros; sin embargo, he visto al Rey, el Señor de los Ejércitos Celestiales”» (Is 6:5 NTV).

La gloriosa visión que tuvo el profeta Isaías de Yahweh, sentado en su majestuoso trono celestial, marcó un antes y un después en su vida y ministerio. Aquel suceso extraordinario tuvo lugar «el año en que murió el rey Uzías» (740 a. C.), un punto de referencia histórico que coincidió con un momento crítico en la vida espiritual de Judá.

Isaías contempló el borde del manto del Señor llenando el templo con su majestad, mientras serafines poderosos lo asistían, proclamando a viva voz: «¡Santo, Santo, Santo es el Señor de los Ejércitos Celestiales! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!». Era una escena tan sobrecogedora que Isaías creyó que había llegado su fin. Consciente de su pecado y de su indignidad para estar en la presencia del Dios tres veces santo, temió ser fulminado en el acto. Sin embargo, ocurrió algo inesperado: uno de los serafines voló hacia él, llevando un carbón encendido del altar, lo tocó en los labios y declaró: «Mira, esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido quitada y tu pecado ha sido perdonado».

Aquel acto simbolizaba la purificación divina, una acción que venía del cielo y no del mérito humano. Solo cuando el pecado es tratado por Dios, uno puede estar en condiciones de oír su voz y responder a su llamado.

Fue entonces cuando Isaías escuchó al Señor preguntar: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?». Sin dudarlo, Isaías respondió: «Aquí estoy yo. ¡Envíame a mí!».

Esa disposición obediente marcó el inicio de un ministerio desafiante, lleno de oposición, incomprensión y dolor. Isaías fue enviado a predicar a un pueblo de corazón endurecido, que se negaba a escuchar la voz de Dios y prefería seguir caminos de idolatría, injusticia y autosuficiencia. A pesar de los múltiples cuidados y bendiciones de parte de Dios, Judá no correspondió con amor ni produjo frutos dignos de arrepentimiento. El corazón del pueblo estaba cautivo por el pecado y resistía el amor divino.

Y aquí surge una pregunta crucial: ¿Podemos ver a Dios en la actualidad? La respuesta bíblica es un sí rotundo, aunque con una claridad mayor: ya no a través de visiones pasajeras o símbolos celestiales, sino en la persona misma de Jesucristo. El apóstol Juan escribió: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer» (Jn 1:18).

Esto significa que todas las manifestaciones divinas previas —por sublimes que hayan sido— palidecen ante la revelación plena y definitiva que Dios nos ha dado en su Hijo. Jesús no solo nos habló de Dios: es Dios hecho carne. Él es el rostro visible del Dios invisible. Quien ha visto a Jesús, ha visto al Padre.

La carta a los Hebreos confirma esta verdad: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en el pasado… en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1:1-2). ¡Y qué forma de hablar! No solo con parábolas o sermones, sino con gestos, acciones y entrega total: bendijo a los niños, abrazó a los leprosos, confrontó a los hipócritas, alimentó multitudes, perdonó pecados y sanó enfermos. Cada paso de Jesús sobre la tierra es una página viva del carácter de Dios.

Por eso, si deseas conocer a Dios de forma auténtica y personal, no necesitas buscar visiones espectaculares ni señales místicas. Solo necesitas mirar a Jesús, seguir sus pasos, escuchar sus palabras, y abrir tu corazón a su amor. Él es el camino al Padre, la verdad encarnada y la vida que transforma.

¿Lo has visto ya? No con los ojos físicos, sino con los ojos del alma. Porque quien lo ve con fe, nunca vuelve a ser el mismo.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios

Con la tecnología de Blogger.