¡VIENE UN RENUEVO DE ESPERANZA!
🌿 ¡VIENE UN RENUEVO DE ESPERANZA!
«Del tocón de la familia de David saldrá un brote, sí, un Retoño nuevo que dará fruto de la raíz vieja» (Is 11:1 NTV).
El profeta Isaías, con voz firme y autoridad divina, proclamó la inminente destrucción de la ciudad de Samaria y de todo el reino del norte: Israel. El juicio venía directamente de Dios. El Señor, en su justa ira, levantó al rey Salmanasar de Asiria —un monarca pagano pero poderoso— como su herramienta para ejecutar el castigo sobre una nación rebelde y endurecida. A pesar de no conocer al Dios de Israel, Salmanasar fue llamado por el mismo Yahweh: «mi instrumento» (Is 10:5). Así, el poderoso ejército asirio descendió como una impetuosa y destructiva inundación del río Éufrates, arrasando ciudades, pueblos y aldeas. Nada quedó en pie. El terror asirio fue absoluto y no hubo rincón de Israel que escapara al desastre.
Pero en medio de esa oscura y amarga realidad, Isaías también proclamó una palabra de consuelo, una promesa radiante que atravesaba las sombras del juicio. El mensaje de Dios no se detuvo en la destrucción. Anunció un tiempo de restauración gloriosa. Después de la ruina, vendría la esperanza; tras la desolación, brotaría vida.
Dios levantaría un Retoño del tronco de Isaí, es decir, un descendiente de David. No sería un rey común, sino un Siervo fiel, lleno de sabiduría, con discernimiento justo y corazón humilde. Sobre él reposaría el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría, de inteligencia, de consejo, de poder, de conocimiento y de temor de Dios. Con él llegaría una nueva era de justicia y equidad. Defendería al oprimido, juzgaría con verdad al necesitado, y con el aliento de su boca acabaría con la maldad. Su Palabra tendría poder para estremecer a las naciones.
Pero las promesas no terminan ahí. Isaías describe un escenario casi paradisíaco, donde se restablecerá la armonía original entre el ser humano y la naturaleza. El lobo y el cordero convivirán sin violencia, el leopardo dormirá junto al cabrito, el becerro y el león compartirán el pasto, y un niño pequeño los guiará. Incluso el bebé jugará seguro junto a la cueva de la cobra y meterá la mano en el nido de víboras sin ser dañado. Es la imagen de un mundo redimido, donde la creación entera será restaurada bajo el gobierno de este Retoño mesiánico.
En ese glorioso día —dice el profeta—, la tierra estará llena del conocimiento del Señor como las aguas cubren el mar. Las naciones buscarán la guía del heredero del trono de David y hallarán en él reposo. Dios extenderá su mano poderosa por segunda vez para reunir a su pueblo disperso por el mundo. Atraerá de vuelta al remanente fiel desde los rincones más remotos de la tierra: Asiria, Egipto, Cus, Elam, Babilonia, Hamat y hasta las islas lejanas del mar.
Los antiguos enemigos, Israel y Judá, dejarán atrás sus celos y rivalidades. Se reconciliarán como hermanas y marcharán unidas hacia la victoria, sometiendo a sus enemigos, no por violencia sino por el poder del Señor. Así como el pueblo de Israel fue liberado de Egipto siglos atrás, ahora también regresarán los desterrados, redimidos por la gracia divina.
Esa figura prometida, ese Retoño del linaje de David, no es otro que Jesús de Nazaret, el Mesías esperado. Su primera venida fue humilde, pero su regreso será majestuoso. Ese «Día del Señor» se avecina. Será un día de gozo indescriptible para quienes le esperan con fe, pero de juicio severo para los impíos que endurecen su corazón.
En ese día, el león y el niño jugarán en la pradera, el rico y el pobre compartirán la mesa sin distinción, las naciones del norte y del sur vivirán en armonía, y la gracia y la justicia se besarán, como dice el salmista. La verdad y la paz reinarán para siempre. La historia terminará como comenzó: con Dios habitando con su pueblo en perfecta comunión.
¡Ojalá ese día fuera hoy! Pero mientras tanto, vivamos esperándolo con fe ardiente, con los ojos puestos en el Retoño prometido: su majestad real, Jesús de Nazaret.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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