REFUGIO EN LA ADVERSIDAD
REFUGIO EN LA ADVERSIDAD
«En mi desesperación oré, y el Señor me escuchó; me salvó de todas mis dificultades. Pues el ángel del Señor es un guardián; rodea y defiende a todos los que le temen» (Sal 34:6-7 NTV).
El Salmo 34 es un himno de esperanza y gratitud que se levanta como un poderoso aliciente para todos aquellos creyentes que atraviesan tiempos de angustia, persecución o incertidumbre. Fue compuesto por el rey David en un momento de extrema vulnerabilidad: cuando huía del acoso implacable del rey Saúl y se refugió en territorio enemigo, entre los filisteos. Allí, para salvar su vida, se vio obligado a fingir locura ante Aquis, rey de Gat (1 S 21:10-15). A pesar del aparente deshonor de esa estrategia, David no perdió su fe ni su alabanza. Su corazón seguía firme en Dios.
Este salmo, además, tiene una estructura literaria particular: es un poema acróstico en hebreo. Cada versículo comienza con una letra consecutiva del alefato, lo que demuestra no solo su contenido espiritual, sino también la intención artística y meditativa del autor. Es como si David quisiera expresar que la alabanza a Dios debe abarcarlo todo, desde la "A" hasta la "Z".
Uno de los temas centrales del Salmo 34 es el poder de la oración. En medio de la aflicción, David declara: «Busqué al Señor, y él me respondió; me libró de todos mis temores» (Sal 34:4). La oración no es una fórmula mágica para evitar el dolor, sino un canal eficaz para recibir fortaleza, dirección y consuelo en medio de la tormenta. Dios no siempre elimina las batallas, pero sí equipa a sus hijos para enfrentarlas con valentía.
La guerra espiritual es real y constante. El enemigo de nuestras almas no descansa, y su ataque puede manifestarse de múltiples formas: opresión espiritual, conflictos familiares, ansiedad, necesidades económicas, enfermedades o incluso traiciones. Sin embargo, estas pruebas no deben tomarnos por sorpresa. Son parte integral del camino cristiano. Jesús mismo advirtió: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16:33).
La vida de David, el hombre conforme al corazón de Dios, estuvo llena de peligros, persecuciones, decisiones difíciles y noches de llanto. Pero también fue una vida de canciones, confianza, victorias y experiencias profundas con Dios. Y es precisamente en los momentos más oscuros cuando la luz divina resplandece con mayor intensidad. Como dice un antiguo proverbio: “Si la montaña fuera plana, ¿cómo podríamos escalarla?”. Es en el ascenso, en el esfuerzo, en la lucha, donde crecemos, maduramos y conocemos verdaderamente al Dios que salva.
David no se quedó paralizado por el temor, ni se sumió en el resentimiento. En cambio, aprendió a confiar plenamente en la protección divina: «El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen, y los defiende» (Salmo 34:7). Esta imagen no es poética solamente, sino profundamente consoladora: Dios no es un espectador lejano, sino un defensor cercano. Su presencia nos rodea como un escudo viviente.
Por eso, este salmo nos invita no solo a orar, sino a alabar. No solo a clamar, sino también a confiar. A saborear y ver que el Señor es bueno, incluso en medio del dolor. La alabanza, en este contexto, no es un lujo espiritual, sino una necesidad vital. Es el lenguaje de un corazón que ha descubierto que Dios es fiel, aun cuando las circunstancias parecen lo contrario.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios
Publicar un comentario