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EN TIEMPOS DE CRISIS

EN TIEMPOS DE CRISIS

«El Señor es mi luz y mi salvación, entonces ¿por qué habría de temer? El Señor es mi fortaleza y me protege del peligro, entonces ¿por qué habría de temblar?» (Sal 27:1 NTV).

Desde la caída de Adán y Eva en el huerto del Edén, la historia del mundo y de la humanidad ha sido un continuo desfile de crisis de toda índole: espirituales, morales, sociales, económicas, sanitarias, políticas y ambientales. El pecado abrió la puerta al caos, y desde entonces la humanidad ha vivido bajo la sombra de la incertidumbre, la confusión y el dolor. Las Escrituras comparan las crisis con la oscuridad, porque en medio de ellas es difícil ver con claridad el camino a seguir; la dirección se pierde, el ambiente se vuelve lúgubre, amenazante, y los “depredadores” —tanto físicos como espirituales— están al acecho.

El salmista David, un hombre conforme al corazón de Dios, no escribió desde la teoría, sino desde su experiencia personal. Él vivió persecuciones, traiciones, guerras, enfermedades, y momentos de angustia profunda. Sin embargo, en medio de cada crisis aprendió a mirar más allá de las circunstancias y a fijar su mirada en el Señor. Fue así como pudo escribir con convicción el Salmo 27: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿quién podrá intimidarme?». Dios es luz en la oscuridad, guía en la confusión y refugio en medio del peligro.

La presencia de Dios no solo alumbra nuestro camino, sino que también disipa los temores más profundos del alma. En lugar de dejarnos paralizar por el pánico o la ansiedad, su presencia infunde seguridad, esperanza y propósito. El creyente no camina solo por el valle tenebroso; el Buen Pastor va delante, sosteniendo su cayado, protegiendo y guiando a cada paso. En Dios, aún el valle más oscuro puede convertirse en un lugar de comunión, aprendizaje y transformación.

Por eso, no debemos temer ni retroceder cuando atravesemos momentos difíciles. Dios es nuestra roca firme, nuestro escudo y defensor. Nada ni nadie puede arrebatarnos de su mano poderosa. Su fidelidad es más fuerte que el miedo, y su amor es más profundo que cualquier abismo. Recordemos que el propósito de Dios no se anula en medio de la crisis; al contrario, muchas veces se revela con mayor claridad.

El rey David y Martín Lutero, dos siervos de Dios que enfrentaron innumerables enemigos y desafíos, vivieron y murieron confiando en el Señor. David fue perseguido por Saúl, por su propio hijo Absalón y por muchas naciones enemigas. Lutero fue amenazado por el Imperio y por la Iglesia de su tiempo, pero ambos terminaron sus días en paz, sostenidos por la gracia de Dios, en sus hogares, rodeados de quienes los amaban.

No debemos, pues, asustarnos ante las sombras del valle. Los problemas, las enfermedades y las aflicciones no tienen la última palabra sobre nosotros. No vivimos a merced del azar ni de las circunstancias; fuimos comprados por precio en la cruz del Calvario y pertenecemos a Cristo. Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, y allí estamos seguros.

A C. S. Lewis, el gran pensador cristiano del siglo XX, se le preguntó una vez: «¿Cómo vamos a vivir con tantas crisis?». Él respondió con sabiduría: «¿Cómo? Como habrías vivido en el siglo XVI cuando la peste visitaba Londres casi todos los años, o como habrías vivido en una época vikinga cuando los atacantes de Escandinavia podían desembarcar y cortarte el cuello cualquier noche; o de hecho, como ya estás viviendo en una era de cáncer, una era de sífilis, una era de parálisis, una era de ataques aéreos, una era de accidentes ferroviarios, una era de accidentes automovilísticos».

La enseñanza de Lewis es clara: las crisis han acompañado a la humanidad desde siempre, y lo importante no es evitar todo peligro, sino aprender a vivir con fe, sabiduría y esperanza en medio de ellos. El salmista, si pudiera responder a esa pregunta hoy, diría: «¡Confiando y descansando en Dios, tu Fortaleza y tu Salvador!».

Que, al igual que David, también nosotros podamos decir: «Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo» (Sal 23:4).

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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