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DELÉITATE EN DIOS Y FLORECERÁS

DELÉITATE EN DIOS Y FLORECERÁS

«Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón. Entrega al Señor todo lo que haces; confía en él, y él te ayudará» (Sal 37:4-5 NTV).

Esta es, sin duda, una de las declaraciones más audaces y sublimes que el rey David haya pronunciado, y en ella se revela su profundo amor, rendida adoración y plena confianza en el Dios de Israel. A través de sus palabras, nos introduce en un camino espiritual donde el alma encuentra sentido, propósito y gozo al poner su esperanza en el Señor.

En primer lugar, David nos presenta el alma encantadora de Dios como un universo inagotable de maravillas. Es una fuente inextinguible de belleza, sabiduría, amor y verdad. La vida de fe no consiste simplemente en cumplir deberes religiosos, sino en explorar y deleitarse en ese corazón divino que late por la humanidad. ¡Cuánto anhela Dios que nos acerquemos a Él no solo con temor reverente, sino también con el gozo de quien descubre un tesoro escondido! En la profundidad de su ser hay más de lo que jamás podríamos imaginar, y aún así, Él se nos da a conocer con ternura paternal.

En segundo lugar, David afirma que Dios, quien escudriña hasta lo más íntimo del corazón humano, está dispuesto a conceder los anhelos más profundos de quienes lo buscan sinceramente. Pero añade un matiz vital: esos deseos deben estar alineados con sus santos y sabios propósitos. No se trata de que Dios sea un simple dador de caprichos, sino que su generosidad está guiada por su infinita sabiduría. Como dice el principio eterno: «El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2:17). Este fue el secreto del legado imperecedero de David: renunció a sus propios planes para abrazar el diseño divino, y por eso su nombre ha trascendido los siglos. Hoy, miles llevan su nombre no por haber sido un guerrero famoso, sino por haber sido un hombre conforme al corazón de Dios.

En tercer lugar, David nos exhorta a entregar absolutamente todo a Dios: nuestras obras, decisiones, planes y batallas. Confiar en uno mismo puede conducir al orgullo, y confiar ciegamente en los hombres, a la desilusión. Pero confiar en Dios con humildad y perseverancia nos conecta con el auxilio divino. Esa confianza plena no es pasividad, sino una entrega activa, confiada, esperanzadora. El salmista no sugiere una fe ingenua, sino una certeza experimentada. En armonía con este espíritu, Miguel de Cervantes escribió sabiamente: «Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas».

Por eso, aunque tu alma se sienta como un terreno reseco, y tus esperanzas parezcan quebradas, mantente firme en la promesa de Dios. Confía en Él con todo tu corazón, persevera sin rendirte, y verás cómo reverdece tu vida. Él tiene el poder de convertir la sequedad del desierto en jardín florido, y de hacer florecer tu futuro con abundante paz, gozo y propósito. El invierno de tus pruebas dará paso a una primavera gloriosa, y la bonanza de Dios reinará en cada área de tu existencia.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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