¿DÓNDE ESTÁ TU DIOS?
¿DÓNDE ESTÁ TU DIOS?
«Día y noche sólo me alimento de lágrimas, mientras mis enemigos se burlan continuamente de mí diciendo: “¿Dónde está ese Dios tuyo?”» (Sal 42:3 NTV).
Es muy probable que el autor de este salmo haya sido un levita exiliado entre los pueblos gentiles, quizá un antiguo líder de la adoración en el templo de Jerusalén, acostumbrado a dirigir procesiones de peregrinos durante las grandes festividades religiosas. Ahora, lejos de su tierra natal, apartado del templo y de la presencia manifiesta de su Dios, sufre la opresión constante de quienes no comparten su fe. Los gentiles lo atormentan con preguntas cargadas de burla y escepticismo: «¿Dónde está ese “Dios vivo y verdadero” al que ustedes adoran? Tal parece que “Yahveh”, el Dios de Israel, no es más que otro ídolo, una invención inútil del hombre».
Las palabras que hieren el alma no siempre provienen de enemigos declarados. A veces vienen de familiares, compañeros o vecinos, de personas cercanas que no entienden nuestra fe, que cuestionan nuestra confianza en Dios cuando las cosas no marchan bien. En esos momentos de aparente abandono, de oscuridad emocional o espiritual, es natural sentir el peso de la duda. El mismo salmista confiesa con dolor: «Mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras me preguntan todos los días: “¿Dónde está tu Dios?”» (Sal 42:3).
Debemos ser sinceros: ningún creyente, por más devoto que sea, ha sido eximido de las pruebas. La vida cristiana no es un paseo triunfal sin espinas, sino una carrera de resistencia, una batalla constante contra tres frentes poderosos:
1. El enemigo espiritual, Satanás, quien no descansa en su intento de destruir nuestra fe mediante la tentación, la confusión y la desesperanza (Ef 6:11-13).
2. El mundo, con sus luces seductoras y promesas vacías, que intenta apartarnos del propósito divino con placeres momentáneos (1 Jn 2:15-17).
3. Nuestra propia carne, esa naturaleza caída que aún reside en nosotros y que se inclina obstinadamente hacia el pecado (Ro 7:18-24).
Estos enemigos internos y externos nos hacen vulnerables y, muchas veces, los que nos rodean usan nuestras luchas como argumento para cuestionar la existencia o el poder de nuestro Dios. Nos lanzan la misma pregunta de siempre: «¿Dónde está ese Dios tuyo?»
La respuesta a esta pregunta no debe surgir del orgullo ni de la desesperación, sino de una fe fortalecida en la Palabra y en la experiencia personal con Dios. El creyente debe aprender a mirar más allá de las circunstancias inmediatas, reconociendo que Dios no está ausente, sino obrando en lo invisible, tejiendo con precisión los hilos de nuestra historia.
El pastor Alfonso de Huertas expresó esta verdad con profunda sabiduría: «Vivimos en un mundo de urgencias y ansiedades. Pero Dios es dueño de todo el mundo y de todo el tiempo. Nunca dejaron de cumplirse sus promesas. Nunca el dolor tuvo la victoria final. La paciencia no es mera resignación, sino la capacidad de ver la luz eterna detrás de las nubes temporales».
Esta visión no es ingenua ni evasiva, es profundamente bíblica. Hebreos 11 nos recuerda que los grandes héroes de la fe vivieron esperando promesas que no vieron cumplidas en vida, pero murieron con la certeza de que Dios no falla. José creyó en la liberación de Israel desde Egipto cuando aún estaba enterrado en suelo extranjero (Gn 50:24-25). Pablo, en medio de cárceles y azotes, proclamaba con certeza: «Sé en quién he creído» (2 Ti 1:12).
Por eso, cuando te pregunten: «¿Dónde está ese Dios tuyo?», no titubees. Afirma con convicción: «Mi Dios está vivo, está presente y está en control absoluto de mi vida. Él guía cada paso que doy, incluso en medio de la niebla. Yo soy amado, bendecido y parte de un plan eterno que supera esta realidad pasajera. Las tormentas del presente no pueden eclipsar la gloria del porvenir. Mientras muchos ven solo nubarrones, yo veo la promesa de un cielo despejado, porque el Dios que me sostiene nunca duerme ni me olvida».
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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