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CUANDO LA ENVIDIA NUBLA LA FE

CUANDO LA ENVIDIA NUBLA LA FE

«Entonces entré en tu santuario, oh Dios, y por fin entendí el destino de los perversos» (Sal 73:17 NTV).

Asaf, cuyo nombre significa “el escogido por Dios” o “el reunido por Dios”, fue un destacado compositor, cantor y ejecutante de címbalos durante el reinado del rey David. Era descendiente de Leví a través de Gersón, y ocupó un papel central en la música del culto en el tabernáculo. Fue uno de los principales responsables de dirigir la adoración en el santuario (1 Cr 16:4–7), y su legado espiritual se extendió por generaciones, pues sus descendientes también sirvieron como músicos en el templo. El mismo Asaf fue considerado un vidente, es decir, un profeta que “profetizaba con el arpa” (1 Cr 25:1), una expresión que une la inspiración divina con la belleza del arte musical.

Su nombre encabeza doce salmos (Salmos 50 y 73 al 83), textos que reflejan tanto el clamor del alma como la exaltación del Dios eterno. Entre estos, el Salmo 73 destaca por su hondura espiritual y honestidad emocional. En este poema, Asaf se atreve a expresar una de las inquietudes más antiguas y dolorosas del ser humano: ¿por qué sufren los justos mientras prosperan los malvados? Esta pregunta, profundamente existencial, ha sido formulada en muchas culturas y religiones, porque confronta lo que muchas veces parece una contradicción entre la bondad de Dios y la injusticia del mundo.

Asaf no duda en afirmar, desde el principio del salmo, la bondad de Dios: “Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los puros de corazón” (v.1). Sin embargo, su fe comienza a tambalear cuando observa que los arrogantes y malvados, lejos de recibir castigo, viven aparentemente en bienestar. Confiesa con humildad: “Por poco se deslizan mis pies; casi resbalaron mis pasos” (v.2). En otras palabras, estuvo al borde de una crisis espiritual.

Lo que Asaf observaba a su alrededor lo desanimaba profundamente. Los impíos parecían vivir sin mayores dificultades: no sufrían enfermedades, no se veían atribulados, llevaban vidas cómodas y lujosas. Se mostraban arrogantes, se burlaban de Dios, oprimían a los demás y hablaban con soberbia, como si nadie pudiera detenerlos. Sus corazones estaban llenos de violencia, y sin embargo, parecían salir siempre bien librados. Esta aparente inmunidad al sufrimiento y la falta de consecuencias lo llevaron a cuestionarse: “¿De qué me sirve haber limpiado mi corazón y lavado mis manos en inocencia?” (v.13).

En ese momento, la mente de Asaf se tornó un campo de batalla. Su confusión y frustración crecieron al punto de casi renunciar a su fe. Sin embargo, eligió no hablar precipitadamente, para no escandalizar a los más débiles en la fe. Y fue entonces, en medio de ese torbellino emocional, que decidió entrar al santuario de Dios. Allí, en la presencia divina, sus pensamientos se aclararon. Comprendió que el aparente bienestar de los impíos era tan frágil como una ilusión. Estaban, en realidad, “puestos en deslizaderos” (v.18), encaminados hacia la ruina eterna.

Asaf vio que el juicio de Dios es seguro, aunque a veces tarde en manifestarse a los ojos humanos. Los que se burlan de Dios cosecharán lo que sembraron. Serán sorprendidos por el terror cuando menos lo esperen. Y entonces, el corazón de Asaf se quebrantó. Reconoció su necedad, su ignorancia, su amargura interna. Se sintió como una bestia, torpe e insensata, por haber dudado de la justicia de Dios.

A partir de ese punto, el salmo da un giro asombroso. Asaf ya no envidia a los malvados, sino que reafirma su fe con convicción renovada: “Aun así, siempre estoy contigo; me has tomado de la mano derecha. Me guiarás con tu consejo, y después me recibirás en gloria” (vv.23–24). Su mayor tesoro no es la riqueza ni el bienestar temporal, sino la comunión con Dios. Declara con emoción: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (v.25).

Este salmo es un espejo del alma humana y una guía poderosa para quienes atraviesan crisis de fe. Nos recuerda que:

1. La envidia espiritual es peligrosa porque distorsiona nuestra percepción de la realidad.

2. No todo lo que brilla es oro; el éxito de los impíos puede ser tan fugaz como un sueño.

3. Entrar en la presencia de Dios transforma nuestras dudas en discernimiento.

4. El mayor bien que un ser humano puede tener no es salud ni dinero, sino Dios mismo.

5. No debemos envidiar a los malvados, sino orar por ellos, porque su final es desolador si no se arrepienten.

Asaf aprendió que la verdadera riqueza está en la fidelidad de Dios. Su fe no solo fue restaurada, sino fortalecida. Y su testimonio nos sigue hablando hasta el día de hoy, recordándonos que, aunque los caminos de Dios a veces parezcan misteriosos, Él siempre es justo, y su bondad es eterna.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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