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RECUERDA Y TRANSMITE

🎙️RECUERDA Y TRANSMITE

«No les ocultaremos estas verdades a nuestros hijos; a la próxima generación le contaremos de las gloriosas obras del Señor, de su poder y de sus imponentes maravillas» (Sal 78:4 NTV).

El Salmo 78, atribuido al poeta y músico Asaf, constituye una profunda meditación histórica con una poderosa intención pedagógica. Dirigido al pueblo de Israel en su conjunto, y de manera especial a los líderes —tanto civiles como espirituales, padres de familia y gobernantes—, este salmo expone lo que podríamos llamar la "filosofía de la historia" del pueblo de Dios. Asaf utiliza la historia como una parábola viviente: un medio didáctico para transmitir las lecciones más relevantes que Dios ha enseñado a lo largo del tiempo mediante sus hechos poderosos y sus intervenciones milagrosas.

En sus versos se despliega una narrativa conmovedora de las obras gloriosas del Señor: relatos del poder divino, historias de salvación, prodigios impresionantes y momentos clave de intervención sobrenatural en favor de su pueblo. La historia, entonces, no es solo memoria; es también mensaje, advertencia y guía.

Este salmo subraya una verdad fundamental: cada generación necesita conocer la historia de la relación entre Dios y su pueblo. No como un ejercicio académico, sino como un acto espiritual, para que puedan renovar su fe, poner su esperanza en Dios y vivir en obediencia a sus mandamientos. La memoria colectiva es el terreno fértil donde crece la fidelidad. Ignorarla, en cambio, da lugar al olvido, la rebeldía y el alejamiento de Dios.

La enseñanza histórica tiene un propósito preventivo y formativo. Cuando los hijos conocen los actos poderosos de Dios en el pasado, son menos propensos a repetir la obstinación, la incredulidad y la infidelidad de sus antepasados. Por el contrario, pueden elegir caminos de obediencia, gratitud y reverencia. La historia se convierte en un espejo que muestra tanto los errores del pasado como la fidelidad inquebrantable del Dios que no cambia.

El teólogo estadounidense Carl F. H. Henry lo expresó con agudeza y preocupación: «Un hijo que se pierde de la fe generalmente se convierte en una familia perdida de la fe, y no muchas generaciones después, se levanta toda una comunidad de incrédulos a consecuencia de una negligencia anterior de deberes paternales».

Estas palabras son una alarma que debe sonar en cada hogar cristiano y en cada comunidad de fe. La instrucción bíblica no puede ser opcional ni esporádica; debe ser sistemática, constante, apasionada. Contar la historia de Dios no es solo un acto de transmisión intelectual, sino un acto de culto y obediencia.

Dios se ha revelado a través de la historia, y esta se convierte en una herramienta pedagógica invaluable para enseñar su carácter: su justicia, su paciencia, su poder salvador y su amor eterno. Una comunidad que descuida su historia pierde también su identidad y sus valores fundamentales. Y lo que es peor, queda expuesta a repetir los errores del pasado, porque no ha aprendido de ellos.

La iglesia del Señor, en cualquier época y cultura, necesita recordar de dónde viene y quién la llamó. Somos el pueblo que fue rescatado de las tinieblas para vivir en su luz admirable. Conocer nuestra historia nos ayuda a entender nuestra misión: proclamar la grandeza del amor de Dios y su salvación a toda criatura, en todas las naciones.

El Salmo 78 no es una simple lección del pasado, sino una convocatoria urgente al presente: recuerda, enseña, transmite y permanece fiel.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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