¡QUE TODOS LE CONOZCAN!
🌍 ¡QUE TODOS LE CONOZCAN!
«Que las naciones te alaben, oh Dios; sí, que todas las naciones te alaben» (Sal 67:5 NTV).
El Salmo 67 es, sin duda, uno de los salmos más misioneros de todo el Salterio. En sus breves pero poderosos versículos se revela el profundo anhelo del corazón de Dios: que su bendición, su gracia y su misericordia se extiendan a todos los pueblos, familias e individuos de la tierra. Este salmo no se limita a un clamor nacionalista de Israel, sino que abre el horizonte hacia un propósito universal: que toda la humanidad experimente el rostro sonriente de Dios y el gozo de su salvación.
Así como el rostro de Moisés resplandecía tras su encuentro con la gloria divina, y como el rostro de Cristo fue transfigurado para reflejar la majestad del Padre, así también Dios quiere que su luz brille hoy a través de sus hijos e hijas. No se trata solo de una experiencia espiritual personal, sino de un llamado misionero global. El Dios que bendice no lo hace para que acumulemos beneficios, sino para que seamos canales de bendición a todos los rincones del mundo.
Nos preguntamos: ¿Por qué querría Dios que la vida humana transcurra en la oscuridad espiritual? ¿Qué ganaría el Señor con que su salvación no fuera conocida por todos? ¿Cómo podrían las naciones alabar a quien no conocen? ¿Qué alegría puede haber en pueblos que viven ignorando que hay un Dios justo, amoroso y redentor que quiere guiarles?
El propósito divino es claro: "Para que sea conocido en la tierra tu camino, y en todas las naciones tu salvación" (Sal 67:2). La alabanza de las naciones depende del conocimiento que tengan del Dios vivo. Sin testigos, no hay conocimiento. Sin conocimiento, no hay fe. Y sin fe, no hay salvación ni gozo eterno.
El evangelista británico Leonard Ravenhill expresó esta inquietud con fuerza desgarradora: «¿Podría un marinero descansar a gusto sabiendo que alguien se está ahogando? ¿Podría un médico sentarse cómodamente mientras sus pacientes se mueren? ¿Podría un bombero quedarse tranquilo y dejar que un hombre se quemara sin ofrecerle ayuda? ¿Te puedes sentar en Sion sabiendo que hay masas no alcanzadas que viven bajo la condenación?».
Estas preguntas siguen interpelando a la iglesia hoy. El mandato misionero no ha sido anulado ni aplazado. ¡Es urgente y vigente! Dios desea que los pueblos le adoren porque solo así se manifestará la plenitud de su reino en la tierra. El salmo afirma que cuando las naciones le rinden culto, la tierra produce abundancia. Es decir, la prosperidad integral de los pueblos—física, social y espiritual—está vinculada al conocimiento y la adoración del verdadero Dios. La pobreza, el hambre, las enfermedades, la violencia, la corrupción y la idolatría no glorifican al Creador. Él nos ha bendecido con recursos, dones y oportunidades no para retenerlos, sino para compartirlos.
Alguien afirmó con sabiduría: «Dios solo tuvo un Hijo… y fue misionero».
No dejemos que el miedo, la indiferencia o incluso las restricciones del pasado nos callen. Aún hay pueblos, tribus, lenguas y naciones que necesitan escuchar las buenas nuevas de salvación en Cristo. ¡Este es el tiempo de hablar, orar, dar y actuar!
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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