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IMAGO DEI

IMAGO DEI

«Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1:27 NBLA).

Imago Dei es la expresión en latín que los teólogos utilizan frecuentemente para referirse al ser humano como la imagen de Dios. Sócrates, considerado uno de los más grandes filósofos griegos, propuso que el hombre podía ser definido como un «bípedo implume», ilustrando la naturaleza provocadora y crítica del debate antropológico en la antigua Grecia. En griego, la palabra es eikon, que significa «imagen», «figura» o «semejanza», y equivale a la palabra «ícono» en español. Un ícono es una representación visual o simbólica que guarda relación con aquello que representa. De esta manera, el hombre es un ícono de Dios, alguien que lo representa. Esta gloriosa verdad implica seis aspectos fundamentales:

En primer lugar, el hombre es un ser espiritual. Dios es Espíritu (Jn 4:24) y sopló en el cuerpo físico del hombre el aliento de vida, convirtiéndolo en un ser espiritual (Gn 2:7). En segundo lugar, el hombre es un ser racional. Dios le otorgó al ser humano la capacidad de utilizar su intelecto para reflexionar, analizar, comprender y tomar decisiones basadas en el pensamiento lógico, y no solo en instintos o emociones. En tercer lugar, el hombre es un ser con voluntad. Al igual que Dios, los seres humanos poseen una capacidad volitiva, es decir, la facultad de tomar decisiones libres. En cuarto lugar, el hombre es un ser relacional. Dios le dio espíritu para relacionarse con Él en adoración, con otros seres humanos en interacción social y con la naturaleza en administración.

En quinto lugar, el hombre es un ser inmortal (aunque no eterno). Aunque su cuerpo físico muere, su existencia continúa después de la muerte, ya sea en la gloria con Cristo o en la condenación eterna. Finalmente, el hombre poseía originalmente santidad propia. Sin embargo, debido al pecado, ha perdido su inocencia, se encuentra en bancarrota espiritual y ha sido apartado de la gloria de Dios. La santidad otorgada por Cristo al creer en Él como Salvador (2 Co 5:21) nos hace aceptos ante el Padre y nos reviste para entrar en Su presencia.

El hombre es la corona de la creación de Dios, creado para alabanza de la gloria de Su gracia. Dios envió a Su Hijo Jesucristo en forma de hombre, no de ángel ni de animal, para dar Su vida en la cruz del Calvario como rescate por la humanidad, porque prefirió morir antes que vivir sin ella. Por consiguiente, la dignidad del hombre es superior, su valor como Imago Dei es infinito y su propósito en este mundo es trascendente. Agustín de Hipona expresó esta realidad con las palabras: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti».

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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