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AMOR QUE SE AGACHA

AMOR QUE SE AGACHA

«Pero Noé halló gracia ante los ojos del Señor» (Gn 6:8 NBLA).

El nombre hebreo Noé significa «descanso», «paz» o «el que da consuelo». Su padre, Lamec, lo llamó así diciendo: «Este nos dará descanso de nuestra labor y del trabajo de nuestras manos, por causa de la tierra que el Señor ha maldecido» (Gn 5:29). Nueve generaciones después de la desobediencia de Adán y Eva, la tierra estaba exhausta debido a la maldad de los hombres, pues «toda la intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal» (Gn 6:5). La gracia de Dios es infinita, pero su paciencia no, y en la décima generación decidió juzgar a la tierra enviando un diluvio universal.

Aunque la Escritura describe a Noé como un varón justo, íntegro entre sus contemporáneos y que andaba con Dios, fue la sublime gracia del Señor la que lo escogió para construir un arca y preservar su vida y la de su familia. El término hebreo חֵן (jen), traducido como «gracia», significa «doblarse o inclinarse en bondad hacia un inferior». John Stott lo explicó de esta manera: «La gracia es amor que se preocupa, se agacha y rescata». Si los méritos personales de Noé hubieran influido en la decisión de Dios, entonces no habría sido por gracia, sino por obras.

Scotty Smith afirmó: «La gracia y la obediencia no son enemigas; de hecho, la única obediencia que Dios acepta es la que es impulsada por la gracia». Noé es un personaje bíblico fascinante, porque cuando Dios le ordenó construir un arca de dimensiones colosales y diseño extraordinario —considerando que jamás había llovido sobre la tierra y nunca se habían construido otras embarcaciones—, Noé no discutió con Dios, sino que «así lo hizo Noé; conforme a todo lo que Dios le había mandado, así lo hizo» (Gn 6,22).

La frase «Noé halló gracia ante los ojos del Señor» representa un aspecto crucial de la relación entre Dios y la humanidad, especialmente en momentos de juicio divino. En estos tiempos de profunda decadencia moral, la gracia manifestada a Noé es un poderoso recordatorio de que la salvación es un regalo de Dios, no algo que podamos ganar por nuestras propias obras. También nos enseña que el Señor tiene un propósito maravilloso y trascendente para cada uno de nosotros, y que, al igual que Noé, podemos y debemos responder a su llamado con gratitud, fe y obediencia.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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