¡ROMA PARA CRISTO!
¡ROMA PARA CRISTO!
«Durante dos años completos permaneció Pablo en la casa que tenía alquilada, y recibía a todos los que iban a verlo. Y predicaba el reino de Dios y enseñaba acerca del Señor Jesucristo sin impedimento y sin temor alguno» (Hch 28:30-31 NVI).
Este libro que estamos terminando de leer debería llamarse «Los magníficos hechos del Espíritu Santo», porque el verdadero protagonista es el Espíritu Santo, no Pedro, ni Pablo, ni ningún otro apóstol de Jesucristo. El Espíritu Santo, el Señor de la mies y de las misiones, comenzó su gloriosa obra en Pentecostés con los ciento veinte discípulos reunidos en el aposento alto de Jerusalén. Unos treinta y tantos años después, esa obra se trasladó al corazón mismo del imperio, a la ciudad de Roma, donde el evangelio fue escuchado y muchos judíos y gentiles se convirtieron a Cristo.
Este no fue el final del «cuarto viaje misionero» de Pablo, sino el desenlace de un viaje que comenzó con su arresto en Jerusalén y que, debido a su apelación a César, terminó en Roma. Los judíos lo arrestaron y lo entregaron a las autoridades romanas por predicar que la esperanza milenaria de Israel, el Mesías, ya había venido en la persona de Jesús de Nazaret. Los romanos querían liberarlo porque no hallaron causa alguna para condenarlo a muerte. Sin embargo, al apelar a César, Pablo fue trasladado a Roma en un viaje que tomó varios meses y estuvo lleno de peripecias providencialmente dirigidas.
En Roma, Pablo dio testimonio acerca del reino de Dios, argumentando con vehemencia que la Ley de Moisés y los libros de los profetas apuntaban hacia Jesús de Nazaret, el Mesías prometido por Dios. Pablo confrontó el politeísmo latino y el culto al emperador, afirmando que Jesús es Señor y Dios. Pero, ¿cómo podían creerle al testimonio de un prisionero judío que afirmaba que el Señor del cielo y de la tierra había nacido en Belén, crecido en Nazaret, muerto crucificado en las afueras de Jerusalén, resucitado al tercer día y ascendido a los cielos ante la vista de cientos de testigos? ¡Parecía una historia completamente inverosímil! Entonces, ¿cómo pudieron aceptarla? Porque Pablo estaba cumpliendo la Gran Comisión bajo la autoridad de Jesús, en el poder del Espíritu Santo, y dejando los resultados en manos de Dios.
El Espíritu Santo sigue trabajando activamente hasta hoy:
1. Convenciendo a los incrédulos de pecado, justicia y juicio.
2. Transformando el carácter de los creyentes a la imagen de Jesús.
La pregunta crucial es: ¿Eres tú un creyente? ¿Has creído en Jesús como tu Salvador? ¿Está tu vida siendo dirigida por el Espíritu Santo para la bendición y edificación de otros? La Iglesia continúa escribiendo el capítulo 29 del libro «Los magníficos hechos del Espíritu Santo». Solo quienes estén siendo llenados por el Espíritu Santo podrán hacer la voluntad de Dios y permanecer para siempre.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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