GOZOSO, NO TRISTE
GOZOSO, NO TRISTE
«Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios» (Hch 20:24 RV95).
Por la bendita gracia y misericordia de Dios, Pablo había sido apartado y llamado al ministerio apostólico desde el vientre de su madre. Desde el día de su conversión en las afueras de la ciudad de Damasco, fue fiel en predicar el evangelio de salvación a muchos pueblos y naciones, donde fundó iglesias fuertes y saludables. Sin embargo, ahora sospecha que el tiempo de su partida de este mundo está cercano. Reconoce que el propósito de su vida es conocer y glorificar a Cristo, y la muerte no le asusta en absoluto, porque está seguro de que morir es ganancia. Lo que anhela con todo su corazón es terminar su carrera con gozo: no amargado, frustrado ni en conflicto con nadie.
Considerar la vida como más preciosa que el ministerio recibido del Señor Jesucristo no es sabio ni aconsejable, porque es mucho mejor desgastarse haciendo la obra de Dios que oxidarse fuera de ella. El propósito de Dios para nuestra vida es mucho más valioso que la vida misma. Así lo demostraron nuestros grandes héroes de la fe: Juan el Bautista y Jesús de Nazaret. Juan arriesgó y perdió su vida por denunciar valientemente el pecado del rey Herodes Antipas. Jesús hizo lo mismo: arriesgó y entregó su vida al denunciar abiertamente el pecado de los líderes religiosos y del pueblo. Sin embargo, decir que "perdieron" la vida es un eufemismo, ya que Jesús mismo afirmó: «Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mt 16:25).
Por lo tanto, quien ama su vida más que a Cristo no es digno de Él. Quien valora su propia vida más que el ministerio recibido de Cristo corre el riesgo de terminarla de manera lamentable. El evangelio necesita ser respaldado y certificado por hombres y mujeres dispuestos a vivir y morir por Cristo. Los siervos de Cristo que mueren cumpliendo su ministerio no mueren para siempre. Por el contrario, dejan a las generaciones venideras un poderoso ejemplo digno de ser imitado.
Y tú, ¿estás terminando tu carrera cristiana con gozo y entusiasmo, o con amargura y frustración? ¿Consideras que servir a Cristo es una pérdida de tiempo, energía o recursos? ¿Vives estresado por la idea de que hubiera sido mejor invertir tu vida en otra causa más importante o en una empresa más lucrativa que predicar a Cristo? Vamos, cambia tu semblante, levanta el ánimo, corre con alegría e inspira a quienes te rodean, porque tu trabajo en el Señor no es en vano.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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