La conquista pendiente
“Más vale ser paciente que valiente; más vale dominarse a sí mismo que conquistar ciudades” (Proverbios 16:32).
El atleta estadounidense Michael Phelps, a sus veintitrés años de edad, se ha convertido en el mejor nadador de la historia. Posee 16 medallas olímpicas: 14 de oro y 2 de bronce. En Atenas 2004, ganó 6 medallas de oro y 2 de bronce. En los Juegos Olímpicos que se están desarrollando en Pekín, ha ganado 8 medallas de oro, superando a su compatriota Mark Spitz, que en los Juegos Olímpicos de Munich en 1972, consiguió 7 medallas de oro. Sin ningún temor a equivocarme, puedo asegurar que este muchacho nada mejor que yo. Su incesante búsqueda de la excelencia y la perfección en el nado, le ha convertido en la estrella mediática de las Olimpiadas, y no es para menos, pues sus éxitos son un ejemplo digno de ser imitado por todos.
Sin embargo, la historia reciente nos ha dado muchas desilusiones. Nos hemos enterado de atletas, artistas y músicos, que han alcanzado renombre dentro de sus propias disciplinas, pero no han podido conquistar sus pasiones y han terminado adictos a las drogas, acumulando matrimonios y divorcios, y algunos han ido a parar a la cárcel por sus conductas desordenadas. ¡Nada en la vida es más importante que dominarse a sí mismo! A este joven atleta Phelps, todavía le falta demostrar si es tan ducho en la vida como lo es en la alberca. Sus múltiples logros deportivos todavía no le hacen un ganador en la arena de la vida real. Necesitará mucho más que combinar sus brazos y pies, para lograr una medalla en dicha competición, que dicho sea de paso, no es una carrera de velocidad sino de resistencia, que se gana día a día, en el hogar, en el trabajo y en el tráfico y donde hace falta paciencia, sabiduría y prudencia.
La realidad es que muchos creyentes no están cultivando adecuadamente su ser interior. Están procurando una vida próspera sobreestimando su carisma personal y subestimando su carácter. Y esto se hace evidente cuando observamos los miles que destinan a su preparación académica y financiera y, por el contrario, solamente invierten algunos centavos en el cultivo de principios y valores morales en su carácter personal. La desproporcionada inversión de bienes, tiempo y esfuerzo, en una y otra área de sus vidas, está produciendo gigantes en el mundo de la tecnología y de los negocios, pero verdaderos pigmeos espirituales y morales.
Comparto con ustedes esta reflexión, porque mi visión como pastor y educador es, ser instrumento y modelo en la transformación de personas a la imagen de Cristo. No me conformaré con verlos emprender buenos negocios, conseguir títulos académicos y ocupar posiciones importantes. Mi labor no estará completa y mi alma no estará satisfecha, hasta verlos surgir como los mejores en el desempeño de sus habilidades personales, y como el carácter de Cristo en sus modos de ser.
El atleta estadounidense Michael Phelps, a sus veintitrés años de edad, se ha convertido en el mejor nadador de la historia. Posee 16 medallas olímpicas: 14 de oro y 2 de bronce. En Atenas 2004, ganó 6 medallas de oro y 2 de bronce. En los Juegos Olímpicos que se están desarrollando en Pekín, ha ganado 8 medallas de oro, superando a su compatriota Mark Spitz, que en los Juegos Olímpicos de Munich en 1972, consiguió 7 medallas de oro. Sin ningún temor a equivocarme, puedo asegurar que este muchacho nada mejor que yo. Su incesante búsqueda de la excelencia y la perfección en el nado, le ha convertido en la estrella mediática de las Olimpiadas, y no es para menos, pues sus éxitos son un ejemplo digno de ser imitado por todos.
Sin embargo, la historia reciente nos ha dado muchas desilusiones. Nos hemos enterado de atletas, artistas y músicos, que han alcanzado renombre dentro de sus propias disciplinas, pero no han podido conquistar sus pasiones y han terminado adictos a las drogas, acumulando matrimonios y divorcios, y algunos han ido a parar a la cárcel por sus conductas desordenadas. ¡Nada en la vida es más importante que dominarse a sí mismo! A este joven atleta Phelps, todavía le falta demostrar si es tan ducho en la vida como lo es en la alberca. Sus múltiples logros deportivos todavía no le hacen un ganador en la arena de la vida real. Necesitará mucho más que combinar sus brazos y pies, para lograr una medalla en dicha competición, que dicho sea de paso, no es una carrera de velocidad sino de resistencia, que se gana día a día, en el hogar, en el trabajo y en el tráfico y donde hace falta paciencia, sabiduría y prudencia.
La realidad es que muchos creyentes no están cultivando adecuadamente su ser interior. Están procurando una vida próspera sobreestimando su carisma personal y subestimando su carácter. Y esto se hace evidente cuando observamos los miles que destinan a su preparación académica y financiera y, por el contrario, solamente invierten algunos centavos en el cultivo de principios y valores morales en su carácter personal. La desproporcionada inversión de bienes, tiempo y esfuerzo, en una y otra área de sus vidas, está produciendo gigantes en el mundo de la tecnología y de los negocios, pero verdaderos pigmeos espirituales y morales.
Comparto con ustedes esta reflexión, porque mi visión como pastor y educador es, ser instrumento y modelo en la transformación de personas a la imagen de Cristo. No me conformaré con verlos emprender buenos negocios, conseguir títulos académicos y ocupar posiciones importantes. Mi labor no estará completa y mi alma no estará satisfecha, hasta verlos surgir como los mejores en el desempeño de sus habilidades personales, y como el carácter de Cristo en sus modos de ser.
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