¡QUÉ HERMOSOS SON ESOS PIES!
👣 ¡QUÉ HERMOSOS SON ESOS PIES!
«¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que trae buenas noticias, buenas noticias de paz y de salvación, las noticias de que el Dios de Israel reina!» (Is 52:7 NTV).
Cuando leí este precioso versículo del profeta Isaías, mi mente viajó de inmediato hacia un recuerdo muy especial: mi hermano en la fe, Anastasio Flores, un humilde pero incansable obrero del Señor, fiel a su llamado y apasionado por llevar las buenas noticias del Reino. Anastasio no fue un hombre de púlpitos ni de grandes auditorios; su campo misionero fueron los polvorientos caminos del altiplano boliviano. Durante un lapso de cinco años, visitó casa por casa alrededor de cien comunidades. Iba de hogar en hogar, evangelizando adultos, jóvenes y niños, entregando folletos evangelísticos, regalando Biblias a quienes no tenían, orando por los enfermos, animando a los desalentados y consolando a los que lloraban. Sus pies, curtidos por el polvo y el frío, calzaban unas simples abarcas, pero, según la hermosa imagen que nos deja el profeta, ¡eran verdaderamente hermosos a los ojos de Dios!
Isaías, mensajero incansable, llevó a Israel y a Judá buenas noticias de paz y salvación, y encendió la esperanza de que el Dios de Israel sigue reinando. Aunque el pueblo elegido había sido indiferente y rebelde, Dios lo amaba con un amor eterno, protegiéndolo con su poderosa mano. En su justicia permitió que los asirios devastaran el reino del norte y que los babilonios destruyeran el del sur; sin embargo, sus planes para el futuro eran de prosperidad, restauración y paz. Vendría un día en que el pueblo sería reunido en la tierra prometida a sus antepasados, un descendiente del rey David se sentaría en el trono y gobernaría para siempre, y todas las naciones conocerían al verdadero Dios y proclamarían su grandeza en Sion.
El apóstol Pablo cita este pasaje en Romanos 10:15 para subrayar la urgencia de que la iglesia envíe predicadores del evangelio a todos los rincones del mundo. El recordado ministro presbiteriano Richard Halverson, capellán del Senado de los Estados Unidos, resumió este espíritu con una observación profunda: «El evangelismo nunca pareció ser un “problema” en el Nuevo Testamento. No vemos a los apóstoles preocupados por organizar campañas ni desarrollar complejos programas de evangelización. ¡El evangelismo simplemente sucedía! Surgía de manera natural de la comunidad de creyentes, como la luz brota del sol; era automático, espontáneo, constante y contagioso».
No todos los creyentes han sido llamados a predicar desde un púlpito, pero todos hemos recibido la encomienda de ser testigos de Cristo en cualquier lugar: en el hogar, en la oficina, en el mercado, en las redes sociales y en las calles. Ser testigos implica dar un testimonio claro, completo e intencional de la vida, muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo. No es una opción, es un mandato. Y no lo hacemos en nuestras propias fuerzas: el Espíritu Santo es quien guía la evangelización, convence al incrédulo, le mueve al arrepentimiento y le conduce a depositar su fe en Jesús, confesándole como Señor y Salvador. El misionólogo Patrick Johnstone lo expresó con una frase que vale la pena recordar: «Cada nueva generación debe ser evangelizada: Dios no tiene nietos».
En otras palabras, el evangelio no debe quedarse como un hermoso recuerdo en nuestras bibliotecas, sino correr como un río de vida desde nuestros labios y nuestras acciones. Porque, al final, la verdadera hermosura no está en el calzado que usamos, sino en los pies dispuestos a caminar kilómetros para anunciar que Jesús vive.
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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