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LUZ A LAS NACIONES

💥 LUZ A LAS NACIONES

«Él dice: “Harás algo más que devolverme al pueblo de Israel. Yo te haré luz para los gentiles, y llevarás mi salvación a los confines de la tierra» (Is 49:6 NTV).

En esta conmovedora sección del libro de Isaías, el profeta se refiere a la misión del Siervo del Señor. Pero surge una pregunta fundamental: ¿quién es ese Siervo? Las interpretaciones han sido variadas. Algunos creen que se trata del mismo profeta Isaías; otros piensan que representa al pueblo de Israel, mientras que algunos más suponen que se refiere a un personaje anónimo, aún por descubrir. Sin embargo, un gran número de intérpretes del Antiguo Testamento coinciden en una conclusión majestuosa: esta profecía señala directamente a la figura más maravillosa que ha pisado este planeta, Su majestad real: Jesús de Nazaret.

Veamos más de cerca. En la encarnación del Verbo eterno, el Padre celestial confió al Hijo una misión precisa, tal como lo registra Mateo 10:6: «Id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Es decir, el ministerio terrenal de Jesús estuvo enfocado primordialmente en restaurar el corazón del pueblo de Israel, que se había extraviado espiritualmente. Esta labor no fue improvisada; fue el fiel cumplimiento de lo que Isaías había profetizado setecientos años antes.

Recordemos que en el día de Pentecostés, sólo había ciento veinte discípulos reunidos en el aposento alto. No parecía una cifra impresionante, pero la historia dio un giro asombroso: ese mismo día se añadieron unos tres mil creyentes, y pocos días después, otros cinco mil. La semilla del evangelio, sembrada con fidelidad por el Siervo del Señor, empezó a dar fruto en abundancia. Así, la misión comenzó a cumplirse con poder y evidencia divina.

Jesús, el Siervo por excelencia, eligió a sus discípulos en la región despreciada de la «Galilea de los gentiles» (Mt 4:15), demostrando que la salvación no estaba limitada por fronteras geográficas ni por barreras étnicas. Lleno del Espíritu Santo, él fue, como profetizó Simeón, «luz para revelación a los gentiles» (Lc 2:32). Este propósito universal fue también asumido por sus siervos fieles, como Pablo y Bernabé, quienes al predicar en Antioquía declararon con valentía: «Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra» (Hch 13:47).

La luz del evangelio, que brotó del corazón del Siervo obediente, iluminó el mundo. A través de los siglos, millones de gentiles —de toda lengua, nación y cultura— hemos sido alcanzados por la gracia salvadora manifestada en Cristo Jesús. Esa luz sigue brillando, y la misión continúa.

Cabe destacar que la Gran Comisión es el único mandato de Jesús que aparece en los cuatro evangelios y también en el libro de los Hechos, lo que demuestra su importancia suprema. No es una sugerencia, ni una tarea opcional. Como bien lo expresó Hudson Taylor, el valiente misionero al interior de China: «La Gran Comisión no es una opción para ser considerada, sino un mandamiento para ser obedecido».

Por eso, no es de extrañar que Jesús viviera cada día con una pasión inquebrantable por agradar al Padre. Como él mismo lo afirmó: «Yo siempre hago lo que le agrada» (Jn 8:29). Su vida fue una constante entrega, una respuesta de amor y obediencia al llamado divino. Él no vino a hacer su voluntad, sino la voluntad del que lo envió. En Jesús, el Siervo del Señor, se cumple a la perfección la misión redentora del cielo en favor de la humanidad.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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