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JERUSALÉN BAJO FUEGO: LA LECCIÓN INOLVIDABLE

🔥 JERUSALÉN BAJO FUEGO: LA LECCIÓN INOLVIDABLE

«Gente de muchas naciones pasará por las ruinas de la ciudad y se dirán el uno al otro: “¿Por qué habrá destruido el Señor esta gran ciudad?”. Y la contestación será: “Porque violaron su pacto con el Señor su Dios al rendir culto a otros dioses”» (Jeremías 22:8-9 NTV).

Los babilonios demostraron ser incluso más despiadados que los asirios, pues practicaban la terrible estrategia de «tierra arrasada» contra sus enemigos. En las ciudades conquistadas no dejaban rastro de vida: seres humanos, animales y hasta los cultivos eran brutalmente exterminados. Para ellos no existían las palabras «límite» ni «compasión».

En el 586 a.C., tras diez años de guerra constante contra Judá, sitiaron Jerusalén hasta llevarla al colapso. La asfixiaron de tal forma que sus habitantes llegaron a devorar a sus propios hijos, a comer sus propios excrementos y a beber su propia orina, tal como lo relatan los profetas. ¡La desesperación y el horror no pudieron ser mayores!

Finalmente, la ciudad santa —la «ciudad de paz» fundada por el rey David y engrandecida por el rey Salomón— fue arrasada sin piedad. El Templo de Salomón, joya de la arquitectura sagrada y centro de adoración a Yahweh, quedó reducido a escombros y cenizas junto con las murallas y las casas. Aquella ciudad, que había sido la gloriosa capital del mundo antiguo, el lugar donde Dios estableció su trono terrenal, se convirtió en un montón de ruinas humeantes.

Las caravanas de comerciantes y viajeros que pasaban por aquel paraje se detenían asombradas y preguntaban: «¿Por qué habrá destruido Dios esta gran ciudad?». No se preguntaban si Dios estaba detrás de la catástrofe, sino por qué lo había hecho. Reconocían que Jerusalén había sido «grande», y que fue Dios mismo quien la entregó en manos de los babilonios.

La respuesta no vino de labios humanos, sino del mismo Dios: «Porque violaron mi pacto, al rendir culto a otros dioses». Ochocientos años antes, en el monte Sinaí, Israel había entrado en pacto solemne con Yahweh: adorarlo solo a Él, obedecer sus mandamientos y servirlo con todo el corazón. Y Dios, fiel a su promesa, cumplió su parte:

Los amó con amor eterno e inagotable.

Los engrandeció ante las naciones y los hizo famosos.

Bendijo sus campos, sus ganados, sus hogares y su economía.

Los libró de sus enemigos, de plagas, epidemias y enfermedades.

¡Dios fue fiel en todo! Pero Israel fue infiel en todo. Prefirieron los ídolos mudos a su Dios vivo; traicionaron al Creador para postrarse ante criaturas de barro, madera y metal.

Sin embargo, el juicio no fue el final. Dios, grande en amor y misericordia, no destruyó completamente a su pueblo. En lugar de borrarlos de la faz de la tierra, los disciplinó para corregirlos y enseñarles a no seguir jamás a dioses falsos. Prometió bendecirlos incluso en el exilio y traerlos de regreso a su tierra después de haber aprendido la lección.

Y esa es la enseñanza más poderosa de esta historia: Dios ama profundamente a su pueblo y nunca abandona a quienes son suyos. Aunque nos apartemos y suframos las consecuencias de nuestro pecado, su amor es tan grande que nos corrige para restaurarnos, no para destruirnos.

Todo aquel que se arrepienta de corazón y confíe plenamente en Él encontrará salvación, perdón y una vida plena y eterna. Porque el mismo Dios que quebrantó a Jerusalén para rehacerla, es el Dios que transforma corazones de piedra en corazones de carne. Amén.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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