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¡UN AMOR QUE NO SE AGOTA!

¡UN AMOR QUE NO SE AGOTA!

«Pero tú, oh Señor, eres Dios de compasión y misericordia, lento para enojarte y lleno de amor inagotable y fidelidad» (Sal 86:15 NTV).

Si hay una verdad universal que salta a la vista de cualquier observador honesto, es que todo en este mundo está marcado por la finitud. Vivimos rodeados de cosas limitadas, perecederas y vulnerables a la corrupción. Las flores se marchitan, los metales se oxidan, los cuerpos envejecen, los imperios caen. Nada escapa a esa ley implacable del desgaste y la transitoriedad. En medio de esta caducidad generalizada, surge una pregunta reveladora: ¿existe algo en esta Tierra que no se agote, que no decaiga, que no muera?

Si te pidieran hacer una lista de cosas abundantes en el mundo, quizás pensarías en el agua de los océanos, los granos de arena del desierto o las estrellas del firmamento. Pero los salmos que hoy meditamos nos recuerdan que hay algo todavía más abundante y precioso: ¡el amor inagotable de Dios! En uno de estos salmos, esa expresión se repite nada menos que nueve veces, como un martilleo dulce y constante en el alma del creyente.

Es muy probable que el salmista no conociera todos los matices del carácter de Dios. No disponía de tratados teológicos ni del Nuevo Testamento. Pero había una verdad que comprendía profundamente: el amor de Dios es ilimitado, incorruptible y eterno. A diferencia de los afectos humanos, que son volubles y condicionados, el amor divino no se corrompe con el mal, no se debilita con el tiempo, ni se cancela por nuestras faltas.

Podemos decir con convicción que la virtud más gloriosa del carácter de Dios es su amor inagotable. Los dioses falsos —productos de la imaginación humana— suelen presentarse como seres caprichosos, vengativos, impacientes, licenciosos o indiferentes al sufrimiento. Pero Yahweh, el Dios verdadero, es todo lo contrario: su amor no es mitológico ni simbólico; es real, cercano y activo.

El filósofo cristiano Dallas Willard escribió con aguda perspicacia: «Amar no es difícil para Dios. Dada su naturaleza, lo imposible para Él es no amar». ¿Te das cuenta? Dios no tiene que esforzarse para amar, porque su esencia es amor (1 Jn 4:8). El amor es el idioma natural de su corazón. Y ese amor no es teórico ni abstracto. Se hizo carne en Jesucristo. Se manifestó con suprema claridad en la cruz del Calvario. Como escribió el teólogo John Goldingay: «Por medio de la cruz, Dios mostró que ni el asesinato de Dios es capaz de lograr que Dios deje de amarnos y relacionarse con nosotros». Y Henry Nouwen añade: «En la cruz, Jesús nos mostró hasta qué extremo llega el amor de Dios».

Este amor tiene nombre y rostro. Nos alcanza con ternura. Nos levanta cuando caemos. Nos abraza cuando otros nos rechazan. Nos perdona sin condiciones. Es un amor que no depende de lo que somos, sino de lo que Dios es. Y lo más extraordinario es que este amor se manifiesta junto a otras virtudes igualmente gloriosas: la verdad, la justicia, la paz.

Uno de los versículos más poéticos y profundos del Salterio dice: «El amor inagotable y la verdad se encontraron; ¡la justicia y la paz se besaron!» (Sal 85:10, NTV). Esta imagen evoca un momento glorioso de reconciliación divina. En Cristo crucificado, el amor y la justicia —aparentes opuestos— se abrazan sin traicionarse mutuamente. Dios no renuncia a su justicia para amarnos, ni sacrifica su amor para mantener su justicia. Ambas virtudes se dan la mano, porque en Dios la compasión y la verdad no están en conflicto, sino en perfecta armonía.

¡Qué bendición vivir bajo el cuidado de un Dios cuyo amor no se gasta, no se acaba, no se apaga! En un mundo de afectos rotos, promesas incumplidas y relaciones frágiles, el amor de Dios permanece firme, eterno, inmenso. Así que, cuando todo lo demás falle —y fallará—, el amor de Dios seguirá siendo nuestro refugio, nuestra esperanza y nuestra canción.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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