Youtube

ESCUCHA Y VIVE

ESCUCHA Y VIVE

«Leían del libro de la ley de Dios y explicaban con claridad el significado de lo que se leía, así ayudaban al pueblo a comprender cada pasaje» (Neh 8:8 NTV).

Una vez que la muralla de Jerusalén fue reconstruida en solo cincuenta y dos días y sus puertas debidamente instaladas, Nehemías tomó decisiones clave para la seguridad y el orden espiritual de la ciudad. Nombró porteros, cantores y levitas, asignando a cada uno responsabilidades específicas en el culto y la vigilancia. También dio instrucciones precisas: las puertas debían permanecer cerradas, aseguradas con barras, hasta que el sol estuviera alto. Era un acto de prudencia y disciplina, reflejo de una ciudad que buscaba no solo protección física, sino también renovación espiritual.

Algunos habitantes hicieron guardia como centinelas, mientras otros vigilaban frente a sus propias casas. Había un claro sentido de corresponsabilidad, de comunidad reconstruida no solo con piedras, sino con convicciones renovadas.

El 8 de octubre del año 445 a. C., ocurrió un evento trascendental. Hombres, mujeres y niños con la capacidad de entender se congregaron en la plaza frente a la «Puerta del Agua». Con reverencia, pidieron al sacerdote y escriba Esdras que trajera el libro de la Ley de Moisés para leerlo en voz alta. No fue una reunión casual; fue una cita con Dios, un reencuentro con la Palabra que da vida.

El pueblo, de pie, escuchaba con atención. A medida que las palabras de la Ley eran proclamadas, comenzaron a llorar amargamente. No eran lágrimas superficiales, sino expresión de una profunda convicción de pecado y de reconocimiento de que las advertencias divinas se habían cumplido con exactitud. Comprendieron que sus antepasados habían abandonado al Señor, lo que los llevó al exilio. Sin embargo, ahora Dios, en su inmensa misericordia, los había traído de regreso, restaurando su dignidad como nación escogida y renovando su llamado a ser luz entre los pueblos de la tierra.

Durante los siete días de la Fiesta de los Tabernáculos (Sucot), Esdras continuó leyendo el libro de la Ley de Dios. Cada día era una celebración, no solo de la provisión divina en el desierto, sino del gozo de haber redescubierto el verdadero manantial de vida: la Palabra del Señor. El pueblo no solo escuchó, sino que comprendió y celebró con alegría, porque la verdad les había sido revelada, y la comprensión trajo consigo libertad y esperanza.

La Palabra de Dios es el agua viva que sacia la sed espiritual de todo ser humano. ¡Qué significativo que este derramamiento de gracia ocurriera precisamente en la «Puerta del Agua» de Jerusalén! Desde allí, como un río celestial, fluyó el mensaje eterno de redención y propósito, invitando a todos a beber y vivir. Porque está escrito: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8:3; Mt 4:4).

Ninguna vida podrá experimentar plenitud mientras Dios no ocupe el primer lugar. Leer, comprender y obedecer Su Palabra no es una imposición religiosa, sino una invitación amorosa a la transformación verdadera. La Biblia no es un libro aburrido ni anticuado; es viva, poderosa, capaz de restaurar el alma, iluminar el entendimiento y llenar de gozo el corazón.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios

Con la tecnología de Blogger.