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UNA VICTORIA PÍRRICA

UNA VICTORIA PÍRRICA

«Cierto día, Amasías envió mensajeros al rey Joás de Israel, hijo de Joacaz y nieto de Jehú, para transmitirle un desafío: "¡Ven y enfréntate conmigo en batalla!"» (2 R 14:8 NTV).

Durante los reinados de Saúl, David y Salomón, Israel existió como un reino unificado y fuerte. Sin embargo, tras la muerte de Salomón, en el año 930 a.C., durante el reinado de su hijo Roboam, la nación sufrió una dolorosa división: por un lado, surgió el reino de Israel, compuesto por diez tribus del norte y gobernado por Jeroboam; por otro lado, el reino de Judá, integrado por las tribus de Judá y Benjamín, permaneció bajo el liderazgo de Roboam.

Esta ruptura marcó una nueva etapa en la historia del pueblo de Dios, llena de desafíos espirituales y políticos. A pesar de la fragmentación, Dios permaneció fiel a su pacto con Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y David. Él continuó acompañando, proveyendo y protegiendo a su pueblo elegido. No obstante, su bendición estaba condicionada a la obediencia: cuando los reyes de Israel y Judá andaban en los caminos de Dios, experimentaban prosperidad y victoria; pero cuando se apartaban de su voluntad, sufrían disciplina, derrotas y desolación.

Aunque ambos reinos compartían la fe en Yahweh y la herencia de Jacob, sus reyes no siempre actuaron con fraternidad ni en unidad. Un ejemplo trágico de esto fue el conflicto entre Amasías, el noveno rey de Judá, y Joás, el duodécimo rey de Israel. Después de lograr importantes victorias militares, Amasías, lleno de orgullo, provocó a Joás. Aunque Joás le advirtió sabiamente que evitara una confrontación, Amasías insistió en la guerra. El resultado fue devastador: las fuerzas de Judá fueron derrotadas en Bet-semes, Amasías fue capturado, Jerusalén sufrió graves daños y sus tesoros más preciados fueron saqueados. Esta guerra fratricida deshonró el nombre de Dios ante las naciones. ¿Cómo podría el Señor encontrar complacencia en ver a sus hijos luchando entre sí, en vez de reflejar su amor y su gloria?

Dios es uno, y su deseo es que sus hijos vivan en unidad y armonía, reflejando su naturaleza misma. En Cristo, y por medio del Espíritu Santo, los creyentes están llamados a formar un solo cuerpo, viviendo en comunión poderosa, santa y eterna. Mantener esta unidad requiere amor genuino, perdón sincero, humildad, servicio mutuo y disposición constante para la reconciliación. La unidad no es una opción; es una necesidad vital para el testimonio cristiano. Jesús mismo oró al Padre para que sus discípulos fueran uno, «para que el mundo crea» (Jn 17:21). Cuando el mundo ve un pueblo de Dios verdaderamente unido en amor, fidelidad y verdad, el testimonio del Evangelio brilla con fuerza irresistible.

Por tanto, en tiempos de división, conflicto o desacuerdo, recordemos nuestro llamado: edificar la unidad en el amor, como reflejo del corazón de nuestro Padre celestial.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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