¡ATERRADOR!
¡ATERRADOR!
«Sepan bien que nada de lo que el Señor habló contra la familia de Acab dejará de cumplirse. El Señor mismo ha hecho lo que anunció por medio de Elías, su siervo» (2 R 10:10 DHH).
Acab fue uno de los reyes más perversos, corruptos e idólatras que tuvo Israel, superado únicamente por Jeroboam, hijo de Nabat. Acab contrajo matrimonio con Jezabel, hija de Et-baal, rey de los sidonios. Bajo la nefasta influencia de su esposa, Acab se convirtió en un ferviente adorador de Baal, el principal dios sidonio: lo sirvió y lo veneró en un templo que edificó en Samaria en su honor. Además, mandó fabricar una imagen de Asera, considerada la consorte de Baal y madre de todos los dioses según la mitología cananea, provocando así la ira de Yahweh más que todos los reyes anteriores a él.
Por su parte, la infame Jezabel sostenía económicamente a los profetas de Baal y Asera, mientras perseguía implacablemente a los profetas de Jehová, promoviendo el culto pagano en toda la nación. Jezabel no sólo buscaba la sustitución de la fe en el Dios verdadero, sino también la erradicación de cualquier vestigio de fidelidad a Yahweh, llevando a Israel a una apostasía sin precedentes.
A causa de sus múltiples pecados, Acab recibió dos sentencias divinas. En primer lugar, por haber perdonado la vida de Ben-adad, rey de Siria —a quien Dios había destinado para destrucción—, Yahweh decretó la muerte de Acab y la calamidad sobre su pueblo. En segundo lugar, por haber conspirado contra Nabot, difamándolo y provocando su muerte injusta para quedarse con su viña en Jezreel, Dios prometió exterminar a su descendencia y darle una muerte ignominiosa. Así se cumplió: Acab murió en batalla, alcanzado por una flecha al azar; y cuando lavaron su carro en el estanque de Samaria, los perros lamieron su sangre, tal como el profeta Elías había anunciado.
Su hijo Ocozías reinó brevemente y murió sin dejar descendencia, como parte del juicio divino sobre su linaje. Jezabel, por su parte, murió de manera brutal: fue arrojada desde una ventana, atropellada por los caballos y devorada por los perros, quedando de ella apenas su calavera, sus manos y sus pies, en cumplimiento exacto de la profecía.
Jehú, décimo rey de Israel, fue el instrumento de Dios para ejecutar el juicio sobre la casa de Acab. En una operación fulminante, ordenó a los gobernadores y ancianos de Samaria decapitar a los setenta hijos varones de Acab y llevar sus cabezas a Jezreel, precisamente al lugar donde Nabot había sido asesinado. No satisfecho con eso, Jehú eliminó también a todos los familiares cercanos, altos funcionarios, amigos íntimos y sacerdotes de Acab. Finalmente, exterminó a los adoradores de Baal, destruyó sus estatuas y derribó su templo, convirtiéndolo en letrinas públicas, símbolo de total desprecio. Atalía, hija de Acab y Jezabel, quien usurpó el trono de Judá durante siete años, también encontró un fin violento por mandato divino.
La palabra de Yahweh se cumplió al pie de la letra, demostrando que su juicio es seguro y su fidelidad a su pacto es inquebrantable. ¡Cuán terrible es caer en las manos del Dios vivo! Cuando Yahweh entregó los Diez Mandamientos a su pueblo, les advirtió solemnemente que Él es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres que lo aborrecen en sus hijos, nietos y bisnietos. Acab y Jezabel actuaron como si pudieran vivir impunemente, ignorando a Dios y despreciando su ley. Sin embargo, su final fue trágico y su recuerdo quedó como advertencia eterna.
Jamás debemos subestimar la santidad ni el juicio de Dios. Él es amoroso, misericordioso y está dispuesto a perdonarnos, pero también es justo y no tendrá por inocente al culpable. Por eso, te exhorto a que no pospongas tu decisión: cree en Jesucristo hoy mismo y sé salvo del juicio venidero, tú y toda tu casa. No rechaces la gracia de Dios mientras aún hay tiempo. ¡Hoy es el día de salvación!
—Carlos Humberto Suárez Filtrín

No hay comentarios
Publicar un comentario